“Política sexual proletaria”
Por Nicolás Robles López *
Mientras estudiaba medicina en Viena, Wilhelm Reich participó de un seminario de sexología. A partir de esa formación encontró que la teoría de Freud era la superación de todas las existentes. En 1920 pasó a ser miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Finalizó sus estudios en 1922 y, en el mismo año, se inauguró el dispensario psicoanalítico de Viena, donde atendió hasta 1930. La experiencia adquirida en el dispensario le brindó la posibilidad de realizar críticas técnicas sobre la terapéutica analítica, conducta que le valió la reacción negativa de algunos colegas.
El 15 de julio de 1927 se produjo una huelga y una concentración de trabajadores en Viena en la que la represión por parte de la policía dejó un saldo de cien muertos. Este episodio influenciaría fuertemente a Reich, que el mismo día ingresó a Socorro Obrero, organización del Partido Comunista. El sustrato de formación intelectual de Reich y sus lecturas de autores como Mehring, Kautski y Engels, sobre temas sociológicos y etnológicos, hicieron eclosión ante la experiencia de la realidad brutal e inmediata.
En 1929 creó la Sociedad Socialista de Consejo Sexual y de Sexología, conformada por cuatro psicoanalistas y tres ginecólogos. Así contó Reich su experiencia en ella: “Durante dos años, me vi hasta tal punto acosado por las experiencias abrumadoras de la miseria sexual del pueblo que me sentí presa cada vez más del conflicto que se suscitaba en mí entre el hombre de ciencia y el político; sobre todo, cuando los centros de higiene sexual me hubieran puesto en contacto con los hijos e hijas de obreros, de empleadas y campesinos” (Constantin Silelnikoff, La obra de Wilhelm Reich, Siglo XXI editores, México, 1971).
Esta asociación estaba dirigida a prevenir la neurosis. El pasaje de la terapéutica individual a la acción social se dio gracias al contacto con el sufrimiento y las patologías de la gente que acudía al dispensario psicoanalítico. La relación entre la producción social de las neurosis y la represión sexual fue cada vez más patente para Reich. Por lo tanto, en el año 1931, reunió varias de las organizaciones que se ocupaban de la sexualidad con el fin de politizarlas: podrían lograrse así mejores condiciones de vida para las masas. El PC alemán también participó en esta empresa, estuvo de acuerdo con el programa de Reich y le entregó la dirección. Así surgió la Asociación Alemana para una Política Sexual Proletaria, más conocida como Sexpol. La asociación intentaba “radicalizar la acción de las masas”, luchando contra el matrimonio y la familia burguesa como causantes de la represión sexual. Atacando radicalmente sus causas podrían prevenirse las neurosis.
Pero el éxito alcanzado por la asociación, y la manifestación de las inquietudes del pueblo en materia sexual, provocaron que el PC acusara a Reich de “sustituir la política económica por la política sexual” y tratara de desmantelar la organización. Tras la publicación de su libro Psicología de masas del fascismo, en 1933, fue expulsado del PC. Casi simultáneamente, fue excluido de la Asociación Psicoanalítica Internacional sin ninguna explicación por parte de sus autoridades. A partir de 1934 sus investigaciones se orientaron cada vez más a la búsqueda empírica de la libido, energía biológica que movilizaría al ser humano. En 1939 llegó a Estados Unidos, donde continuó sus investigaciones que lo llevaron a descubrir el orgón. Por negarse a destruir los acumuladores de orgón y las publicaciones de su instituto fue encarcelado y murió en prisión, de una crisis cardíaca, en 1957. El ser social de Reich lo condujo a ser el tipo de científico que fue en su primera etapa; las presiones y limitaciones le fueron impuestas desde varios flancos: fascismo, stalinismo y macarthismo.
Wilhelm Reich es un verdadero psicólogo social, porque parte de un análisis científico de la sociedad. Que la sociedad esté dividida en clases significa que los individuos no son todos iguales económicamente y, por lo tanto, la relación que cada uno tenga con las normas, reglas y representaciones depende de su pertenencia de clase. Si pertenece a la clase dominante, estarán hechas a su medida y estará en mejores condiciones para producirlas. Si es un obrero, estarán destinadas a evitar que tome conciencia de su condición de explotado y que actúe en consecuencia. Así, plantea una superación con respecto a la antonomía individuo-sociedad: no son los individuos autónomos e independientes los que producen las ideas entre todos, ni la sociedad en general, como un ente abstracto que ejerza coerción sobre la totalidad de las personas. Además, Reich estaba interesado –en su práctica médica como en su acción política revolucionaria– en erradicar el sufrimiento que en los sectores más vulnerables provocan las patologías psíquicas derivadas de la sociedad capitalista.
En Psicología de masas del fascismo plantea que la tarea de la psicología materialista dialéctica es “aprehender la esencia de la estructura ideológica y su relación con la base económica de donde ha surgido”; entender lo que él llama el “factor subjetivo de la historia”. El libro está dedicado a explicar por qué ganó el nazismo en Alemania, cuáles fueron las condiciones que posibilitaron que las masas pequeñoburguesas apoyaran su ascenso y por qué la clase obrera aceptó esto. Si bien nombra el fracaso de la II Internacional y la derrota de los levantamientos revolucionarios de 1918 a 1923 fuera de Rusia, su crítica está dedicada a las acciones del Partido Comunista: según Reich, como la dirigencia del partido no comprendía la estructura ideológica de las masas, no lograba una mayor inserción en la clase obrera.
Reich encontró en la estructura ideológica de la clase obrera la contradicción entre una postura revolucionaria y una traba proveniente de la atmósfera burguesa. La cuestión central era “averiguar qué es lo que impide el desarrollo de la conciencia de clase”. Ante este problema, Reich interpretó, en consonancia con las ideas freudianas, que la familia es la que cumple el rol de la represión sexual en los niños. Pero, a diferencia de Freud, quien creía que la represión sexual funda la cultura, Reich consideraba a la familia burguesa como “el primero y principal lugar de reproducción del sistema capitalista”. El resultado de esta represión perpetuada en el seno familiar sería la inhibición moral, que impide la revuelta contra la explotación por la burguesía.
En el caso de la pequeña burguesía, el modo de producción familiar implica un estrechamiento del lazo familiar que potencia la represión sexual. La importancia que tienen en el discurso nacionalista términos como “madre patria”, “la nación como una gran familia”, demuestran la relación existente entre el nazismo y su base de masas pequeñoburguesas. En cambio, el proletariado no sería tan permeable al discurso nacionalista, ya que su modo de producción es colectivo. Sin embargo, Reich observa que el proletario se puede identificar con la pequeña burguesía, porque se halla contaminado por la ideología pequeñoburguesa. La vergüenza de reconocerse proletario es uno de los efectos de la moral sexual que reprime la sexualidad y culpabiliza al sujeto, inhibiendo el desarrollo de su conciencia de clase y acercándolo a posturas fascistas.
* Integrante del Club de Amigos de la Dialéctica-Ceics. Extractado de un artículo aparecido en la revista El Aromo.
segunda-feira, 22 de agosto de 2011
Hasta que Migraciones las separe
Hasta que Migraciones las separe
Hace dos años se casaron en Canadá y vivían en Venezuela. Por problemas familiares, la pareja debe instalarse en Argentina. Pero una jueza civil no reconoció el matrimonio, y Migraciones amenaza con deportar a la española. En la embajada española les dieron la libreta.
Por Soledad Vallejos
“Hágase saber a la extranjera” que es “irregular la permanencia en el país”, que está cancelada “la residencia precaria que se le hubiese otorgado” y que en treinta días hábiles podría “decretarse su expulsión y prohibirse su reingreso” a la Argentina. Eso respondió la Dirección Nacional de Migraciones cuando la española C. P. pidió que el país reconociera el matrimonio civil que ella y la ciudadana argentina Diana Cordero celebraron en Canadá hace dos años, y que en España ya les valió la libreta de familia. Tras el casamiento vivían en Venezuela (en cuya Defensoría del Pueblo nacional trabajaba Cordero), pero a fines del año pasado decidieron instalarse en Argentina, porque, explica Cordero, “mamá está mayor” y quiere estar cerca.
Desde entonces, fue “todo un desastre”, resume la argentina: al no tener residencia, su mujer no tiene documentos ni amparo legal para trabajar, y ellas no pueden acceder a ninguno de los derechos económicos garantizados para otras familias. De hecho, C. P., que en España se garantizaba una vida cómoda gracias a su trabajo en un estudio de arquitectura, en Argentina, a los 42 años, no tiene manera de acceder a un trabajo decente y estable. Ahora, la Dirección de Migraciones la intima a dejar el país, la Justicia civil nacional demora su respuesta y el Inadi acaba de aceptar una denuncia hecha por la pareja. “Aunque somos legalmente un matrimonio, no nos reconocen como familia, nos discriminan porque somos mujeres, nos discriminan por nuestra orientación sexual. Soy una ciudadana de segunda”, resume Cordero, de 53 años, mientras los días pasan, su matrimonio está en cuestión y su mujer no sabe cuál será su último día en Argentina.
La vida cotidiana para las cónyuges es cuanto menos complicada. “Sobrevivimos las dos con 350, 400 euros que gano yo con algunos trabajos de Internet”, explica Cordero. Los obstáculos aparecen cada vez que intentan hacer alguna de las cosas que, para otras parejas y familias, resultan naturales. “Ella vive como ilegal, porque no tiene papeles. Ni siquiera podemos tener una cuenta bancaria juntas, una caja de ahorro básica de cualquier banco trucho de barrio, nada. Eso hace que vivamos con muchos apremios”, enumera por señalar algunas de las cuestiones más notables y complicadas de sobrellevar, aunque no son sólo los problemas de dinero los que acarrean incertidumbre. “Todos los días tenés esa inestabilidad, sabés que ella está acá pero tiene esa espada de Damocles pendiente, y que en cualquier momento le pueden dictar la expulsión.”
La pareja, que en la Justicia Nacional en lo Civil aguarda respuesta a un pedido de reconocimiento civil hecho al tribunal 10, a cargo de María Celia García Zubillaga, cuenta también con el respaldo de la Federación Argentina LGBT (Falgbt). “Nosotros no vamos a permitir que expulse a la mujer de Diana Cordero”, aseguró María Rachid, presidenta de la Falgbt a este diario. “Vamos a poner el cuerpo para evitarlo si es necesario, no vamos a permitir que se expulse a una persona de Argentina porque no se le reconocen sus derechos”, agregó antes de recordar que “desde la Federación insistimos para que se modifique la ley de matrimonio civil cuanto antes”.
“Espero equivocarme, pero no tengo demasiadas esperanzas de que la justicia civil acceda al pedido de mis clientas”, especuló la abogada Florencia Kravetz quien, además de representar a Cordero y su esposa, patrocinó a la segunda pareja de varones en casarse en Argentina. Que el Estado se niegue a reconocer un matrimonio válido y que cuenta con el libro de familia español (la versión azul e ibérica de la libreta colorada argentina) “viola la ley de migraciones –dice Kravetz–, que indica que una de las cosas que tienen que procurar las resoluciones es tender a facilitar la reunificación familiar”. Aquí, en cambio, se está “no reconociendo y echando a uno de los miembros de la pareja porque no se contempla” una realidad política y social en la que “hay un proyecto de ley sobre modificación del matrimonio civil, y en un país donde, además, ni siquiera está técnicamente prohibido el matrimonio entre personas del mismo sexo”, como sostuvo, de hecho, la jueza Elena Liberatori en el fallo que ordenó al registro civil casar a Damián Bernath y Jorge Salazar.
No es la primera vez que el Estado argentino se niega a reconocer un matrimonio entre personas del mismo sexo que otros países avalan y protegen, aun cuando los impactos concretos de esa decisión resultan más visibles en este caso en particular (ver aparte). Cordero y su esposa pudieron vivir ambas experiencias, el reconocimiento y el inicio de la zozobra en la misma ciudad: mientras intentaban ser reconocidas como cónyuges por las autoridades argentinas, lograban inscribir su matrimonio ante el Estado español sin más trámite que recurrir al consulado de España en Buenos Aires.
La situación se repite, indica Rachid, con muchas parejas. “Muchas personas viven con la ilegalidad de todos esos problemas, de la imposibilidad de acceder a sus derechos porque no pueden mostrar documentación. En el caso de esta pareja, no se traduce sólo en que tengan dificultades legales para proteger su convivencia, sino también en que es como si estuvieran empujando a la pareja de Cordero a tomar la decisión de quedarse en la ilegalidad, si no quiere romper su matrimonio. Eso tiene consecuencias en el acceso a la salud, a la Justicia, al trabajo.”
“Nosotras estamos casadas –insiste Cordero–, el Estado tiene la obligación de reconocer nuestro vínculo y darle a ella la residencia como matrimonio que somos. No es justo que ella tenga que pedir otra cosa. Si en lugar de estar acá, tuviéramos que ir a vivir a España, esto no pasaría.”
Dentro de dos meses, Cordero y C. P. celebrarán el segundo aniversario de su casamiento en Ottawa. El romance había sido tan fulminante que en un año a ambas les había cambiado la vida: C. P. dejó Sevilla y se trasladó a Caracas, donde Cordero se había radicado en 2005 para trabajar como funcionaria del estado venezolano. Ella era, allí, defensora especial en el área de Salud, de la Defensoría del Pueblo “en la República Bolivariana de Venezuela”, donde podía conjugar su formación en psicología, sexología y periodismo, además de su militancia feminista. En el fondo, cree que aun cuando quería que sucediera, no esperaba que el Estado argentino reconociera de inmediato su matrimonio. De hecho, no pierde las esperanzas de que la Dirección de Migraciones reconsidere el caso: el límite legal para recurrir la decisión vencía el viernes, pero para pedir una revisión de la resolución es preciso abonar un cargo de 300 pesos que C. P., al presentarse para el trámite, ni tenía ni sabía que precisaba. Ahora, su último plazo para pedir que las autoridades migratorias le permitan vivir en Argentina con los derechos de una mujer casada con una ciudadana es hoy.
Hace dos años se casaron en Canadá y vivían en Venezuela. Por problemas familiares, la pareja debe instalarse en Argentina. Pero una jueza civil no reconoció el matrimonio, y Migraciones amenaza con deportar a la española. En la embajada española les dieron la libreta.
Por Soledad Vallejos
“Hágase saber a la extranjera” que es “irregular la permanencia en el país”, que está cancelada “la residencia precaria que se le hubiese otorgado” y que en treinta días hábiles podría “decretarse su expulsión y prohibirse su reingreso” a la Argentina. Eso respondió la Dirección Nacional de Migraciones cuando la española C. P. pidió que el país reconociera el matrimonio civil que ella y la ciudadana argentina Diana Cordero celebraron en Canadá hace dos años, y que en España ya les valió la libreta de familia. Tras el casamiento vivían en Venezuela (en cuya Defensoría del Pueblo nacional trabajaba Cordero), pero a fines del año pasado decidieron instalarse en Argentina, porque, explica Cordero, “mamá está mayor” y quiere estar cerca.
Desde entonces, fue “todo un desastre”, resume la argentina: al no tener residencia, su mujer no tiene documentos ni amparo legal para trabajar, y ellas no pueden acceder a ninguno de los derechos económicos garantizados para otras familias. De hecho, C. P., que en España se garantizaba una vida cómoda gracias a su trabajo en un estudio de arquitectura, en Argentina, a los 42 años, no tiene manera de acceder a un trabajo decente y estable. Ahora, la Dirección de Migraciones la intima a dejar el país, la Justicia civil nacional demora su respuesta y el Inadi acaba de aceptar una denuncia hecha por la pareja. “Aunque somos legalmente un matrimonio, no nos reconocen como familia, nos discriminan porque somos mujeres, nos discriminan por nuestra orientación sexual. Soy una ciudadana de segunda”, resume Cordero, de 53 años, mientras los días pasan, su matrimonio está en cuestión y su mujer no sabe cuál será su último día en Argentina.
La vida cotidiana para las cónyuges es cuanto menos complicada. “Sobrevivimos las dos con 350, 400 euros que gano yo con algunos trabajos de Internet”, explica Cordero. Los obstáculos aparecen cada vez que intentan hacer alguna de las cosas que, para otras parejas y familias, resultan naturales. “Ella vive como ilegal, porque no tiene papeles. Ni siquiera podemos tener una cuenta bancaria juntas, una caja de ahorro básica de cualquier banco trucho de barrio, nada. Eso hace que vivamos con muchos apremios”, enumera por señalar algunas de las cuestiones más notables y complicadas de sobrellevar, aunque no son sólo los problemas de dinero los que acarrean incertidumbre. “Todos los días tenés esa inestabilidad, sabés que ella está acá pero tiene esa espada de Damocles pendiente, y que en cualquier momento le pueden dictar la expulsión.”
La pareja, que en la Justicia Nacional en lo Civil aguarda respuesta a un pedido de reconocimiento civil hecho al tribunal 10, a cargo de María Celia García Zubillaga, cuenta también con el respaldo de la Federación Argentina LGBT (Falgbt). “Nosotros no vamos a permitir que expulse a la mujer de Diana Cordero”, aseguró María Rachid, presidenta de la Falgbt a este diario. “Vamos a poner el cuerpo para evitarlo si es necesario, no vamos a permitir que se expulse a una persona de Argentina porque no se le reconocen sus derechos”, agregó antes de recordar que “desde la Federación insistimos para que se modifique la ley de matrimonio civil cuanto antes”.
“Espero equivocarme, pero no tengo demasiadas esperanzas de que la justicia civil acceda al pedido de mis clientas”, especuló la abogada Florencia Kravetz quien, además de representar a Cordero y su esposa, patrocinó a la segunda pareja de varones en casarse en Argentina. Que el Estado se niegue a reconocer un matrimonio válido y que cuenta con el libro de familia español (la versión azul e ibérica de la libreta colorada argentina) “viola la ley de migraciones –dice Kravetz–, que indica que una de las cosas que tienen que procurar las resoluciones es tender a facilitar la reunificación familiar”. Aquí, en cambio, se está “no reconociendo y echando a uno de los miembros de la pareja porque no se contempla” una realidad política y social en la que “hay un proyecto de ley sobre modificación del matrimonio civil, y en un país donde, además, ni siquiera está técnicamente prohibido el matrimonio entre personas del mismo sexo”, como sostuvo, de hecho, la jueza Elena Liberatori en el fallo que ordenó al registro civil casar a Damián Bernath y Jorge Salazar.
No es la primera vez que el Estado argentino se niega a reconocer un matrimonio entre personas del mismo sexo que otros países avalan y protegen, aun cuando los impactos concretos de esa decisión resultan más visibles en este caso en particular (ver aparte). Cordero y su esposa pudieron vivir ambas experiencias, el reconocimiento y el inicio de la zozobra en la misma ciudad: mientras intentaban ser reconocidas como cónyuges por las autoridades argentinas, lograban inscribir su matrimonio ante el Estado español sin más trámite que recurrir al consulado de España en Buenos Aires.
La situación se repite, indica Rachid, con muchas parejas. “Muchas personas viven con la ilegalidad de todos esos problemas, de la imposibilidad de acceder a sus derechos porque no pueden mostrar documentación. En el caso de esta pareja, no se traduce sólo en que tengan dificultades legales para proteger su convivencia, sino también en que es como si estuvieran empujando a la pareja de Cordero a tomar la decisión de quedarse en la ilegalidad, si no quiere romper su matrimonio. Eso tiene consecuencias en el acceso a la salud, a la Justicia, al trabajo.”
“Nosotras estamos casadas –insiste Cordero–, el Estado tiene la obligación de reconocer nuestro vínculo y darle a ella la residencia como matrimonio que somos. No es justo que ella tenga que pedir otra cosa. Si en lugar de estar acá, tuviéramos que ir a vivir a España, esto no pasaría.”
Dentro de dos meses, Cordero y C. P. celebrarán el segundo aniversario de su casamiento en Ottawa. El romance había sido tan fulminante que en un año a ambas les había cambiado la vida: C. P. dejó Sevilla y se trasladó a Caracas, donde Cordero se había radicado en 2005 para trabajar como funcionaria del estado venezolano. Ella era, allí, defensora especial en el área de Salud, de la Defensoría del Pueblo “en la República Bolivariana de Venezuela”, donde podía conjugar su formación en psicología, sexología y periodismo, además de su militancia feminista. En el fondo, cree que aun cuando quería que sucediera, no esperaba que el Estado argentino reconociera de inmediato su matrimonio. De hecho, no pierde las esperanzas de que la Dirección de Migraciones reconsidere el caso: el límite legal para recurrir la decisión vencía el viernes, pero para pedir una revisión de la resolución es preciso abonar un cargo de 300 pesos que C. P., al presentarse para el trámite, ni tenía ni sabía que precisaba. Ahora, su último plazo para pedir que las autoridades migratorias le permitan vivir en Argentina con los derechos de una mujer casada con una ciudadana es hoy.
Se dobla pero no se rompe
Se dobla pero no se rompe
Los estudiosos de la sexualidad ya le pusieron nombre: son los “heterosexuales flexibles”. Hombres casados o con novia, tal vez con hijos, que de vez en cuando avanzan en el contacto con el mismo sexo. El lugar en La Paternal que ofrece el servicio para vestirse como mujer. El fenómeno del crossdressing.
Por Mariana Carbajal
“Casado busca hombres casados de buen físico de hasta 30 años.” “Hola, me llamo Claudio, tengo 40 años, casado, de ojos marrones, pelo castaño oscuro, físico normal, de 1,75. Me interesan los chicos que en la intimidad se visten de nenas.” “Soy Martín, tengo 31 años. Para nada afeminado. Soy casado y me gustan las mujeres, pero me estoy ratoneando con un hombre hace rato, si te va escribime a...” Los tres son anuncios del sitio de clasificados gratuitos online OLX (www.olx.com): el primero es de un muchacho de la localidad bonaerense de Berazategui, el segundo de ciudad de La Rioja y el tercero, del barrio porteño de Balvanera. No hace falta husmear demasiado en la web, en páginas de encuentro, para toparse con este tipo de búsqueda: varones que no se definen como gays o bisexuales que quieren tener sexo con otros hombres heterosexuales o con crossdressers (hombres que en la intimidad juegan a ser mujeres infartantes por un rato); o ellos mismos en un asado a la noche después de jugar al fútbol con amigos, alcohol y música tienen como rutina “disfrazarse” de damas y toquetearse, ante la ausencia de sus esposas y la complicidad grupal. Y claro, también es conocido ya que bien machazos corretean detrás –o algunos, delante– de travestis o chicas trans. Y también están los que piden ser penetrados con juguetes eróticos en la cama por sus esposas o novias. Son varones de clase media y media alta, “heterosexuales flexibles”, como los define Carlos Figari, investigador del Conicet y del Grupo de Estudios sobre Sexualidades (GES) del Instituto de Investigación Gino Germani de la UBA, quien ha explorado en la noche porteña –y en la web– sobre esta nueva tribu, para la que Internet, dice, constituye un espacio privilegiado de “encuentro, reflexión y agrupamiento”. “Somos heterosexuales con privilegios”, prefiere autodenominarse, con ironía, uno de ellos.
Figari empezó a indagar sobre heterosexualidades masculinas “flexibles” hace unos tres años a partir de su observación empírica en boliches gay y “mix” –en el argot gay, lugares frecuentados tanto por homo como heterosexuales– como la disco Amerika, en el barrio porteño de Almagro, una de los más grandes de Buenos Aires. El investigador puso su mirada también en sitios de encuentro de Internet y fue recogiendo diversos testimonios. Su exploración quedó plasmada en un artículo, que se publica en Todo sexo es político (Editorial Zorzal), libro que en unas semanas saldrá a la venta en las librerías de Buenos Aires y se trata de una compilación de investigaciones realizadas en el marco del GES. “El trabajo es el fruto de escuchas de los últimos años, de vivencias propias, de relatos de conocidos que sabían que estaba siguiendo este tema y se me acercaban a contarme sus experiencias. Para sus protagonistas no es un tema fácil de hablar: algunos sólo pueden ponerlo por escrito”, contó a Página/12 Figari, politólogo, doctorado en Sociología, profesor de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Catamarca y del Doctorado en Ciencias Sociales de la UBA. La definición de heterosexuales “flexibles”, en realidad, es un hallazgo que surgió del testimonio de uno de sus entrevistados, Julio, que así se describió cuando le preguntó sobre su orientación sexual: “Yo son un hetero flexible. Me gustan unos buenos amases. Sentir los cuerpos rozándose. Un buen revolcón entre dos machos. Pero no, nunca penetré un tipo”.
Vestidos de chicas
En un departamento del barrio de La Paternal, Claudia Molina, una ex periodista de 34 años, tiene un curioso emprendimiento: ofrece un servicio para hombres que tienen como fantasía vestirse o “montarse” –de acuerdo con la jerga– de auténticas chicas, es decir, lo que se llama convertirse en crossdresser o CD, una tendencia que crece silenciosamente y en privado en el país, según los conocedores de los chats y sitios de encuentro.
–La mayoría de los que vienen son casados, con hijos, de 25 a 40 años y algunos de más también. Gente de clase media alta. Generalmente vuelven cada tanto –cuenta Claudia.
En uno de los placares de este departamento de tres ambientes cuelgan decenas de vestidos: algunos más atorrantes y otros más formales, de talles grandes, con brillo, pero también con colores más tranquilos; los hay estampados, y lisos. Tiene estantes repletos de botas de colores estridentes, con diseños jugados, zapatos estilettos, entre el 43 y el 45 –talla de hombres–. Toda una inversión, aclara, porque han sido hechos a pedido. No es fácil encontrar ese tamaño en zapaterías de mujer y más difícil esos modelos en zapaterías de hombres.
En uno de los cuartos hay un espejo colgado de la pared con media docena de luces, como si se tratara del camarín de una estrella, frente al cual Mónica se encarga de maquillar al CD de turno. Se ven varias pelucas: rubias, morochas, pelirrojas, castañas.
–El maquillaje es profesional –dice ella. Le doy ropa, lo dejo solo, lo maquillo. La idea es que se cambie de ropa, se vaya probando diferentes pelucas, se vea frente al espejo y después se va como entró.
Las cremas demaquillantes no dejan rastros de la transformación pasajera.
Y nadie se entera, más que la amable anfitriona, que es cómplice discreta de este juego.
–Para ellos es como un hobbie. Les gustan tanto las mujeres, con toda su fisonomía, que por un ratito les gusta desarrollar esta fantasía de usar vestidos, tacos, pintarse... Hay gente que le gusta vestirse como una prostituta, otra verse como una mujer elegante.
La diversión se extiende por unas dos horas y cuesta 100 pesos.
–No ofrezco contacto sexual –deja en claro. Una vez por mes organiza reuniones para que los CD que quieran se conozcan entre sí. La última fiesta fue el 15 de febrero, ahí en el departamento de La Paternal.
–Algunos necesitan socializar, mostrarse.
Con este negocio, Claudia cuenta que empezó en tiempos de la crisis del 2001/2002, cuando se quedó sin trabajo como redactora en una empresa que generaba informes comerciales. Pero nota que en el último año la clientela fue creciendo, a partir de la difusión en la web del mundo de las CD. Dice que por día le llegan entre 5 y 6 llamados telefónicos o emails, para consultarla y entre los correos electrónicos, gran cantidad -–asegura– proviene de otros países de Latinoamérica, desde donde se lamentan de que La Paternal esté tan lejos y no encuentren un servicio para “montarse” por un rato más cerca de sus casas. Los que se hayan quedado con curiosidad pueden visitar el sitio de Claudia en www.crossdressingbsas.com.ar, y si la curiosidad persiste, no tienen más que concertar con ella una cita. Reserva garantizada, dice.
Ponete una tanguita
En su indagación sobre el mundo de las CD, Figari se encontró con el testimonio de Luli. Ella prefirió escribir sus vivencias. Hablarlo le resultaba infranqueable. Y escribió: “Una realidad de las crossdresser es la de su doble identidad. A diferencia de las travestis que han decidido vivir como mujeres, las cross, al igual que Batman (permítanme esta comparación graciosa) tenemos dos vidas. Nuestra habitual vida como varones (¿Brunos Díaz? Jaja) y nuestra cuasi secreta vida de mujeres (¿eres tú Batman?). Obviamente todo esto sin que tenga que ver para nada nuestra orientación sexual (seas homo, hetero o bisexual). Desde luego que éste es un mal de nuestra cultura, que discrimina lo diferente. Imagínense la posibilidad de ir algunos días a mi trabajo vestido de varón y otros vestida de mujer y pintada, según fuera mi ánimo de ese día que es como a mí personalmente me pasa. Suena raro, ¿no?”, se despacha Luli.
En los sitios de encuentro de Internet como www.contactos sex.com, muchos varones, heterosexuales, de los que se dicen casados o en pareja con una mujer, caen rendidos ante un anuncio de una CD. Gabriel puede dar cuenta de esta atracción fatal. Vive en el barrio porteño de San Telmo. Tiene una carrera universitaria. De lunes a viernes trabaja en una ONG en la promoción de los derechos de la infancia. Los fines de semana se “monta” como una provocativa CD, con aires de prostituta: tanguita, portaligas, tacones, peluca, maquillaje. El proceso de transformación le lleva una hora y media de producción, le cuenta a Página/12. Lo que más trabajo le da es ocultar bajo una base espesa de maquillaje la sombra del bigote, que aunque lo afeita obsesivamente igual que el resto del rostro, no deja a veces de traicionarlo. Después, pondrá un poco de polvo volátil y delineará con esmero los ojos. Lo aprendió con la práctica. Al principio –se ríe con el recuerdo– se pintaba con colorete por toda la cara y terminaba pareciendo más un payaso que una femme fatal. La producción demanda que tenga que depilarse periódicamente piernas, axilas, brazos y pecho. Está pensando en una depilación definitiva.
“Hola, busco heteros y machos, sólo activos. Si tenés ganas de conocer a una chica cross dresser ‘viciosa en la cama’ no lo dudes”, dice su anuncio en la página argentina de contactossex.com. Gabriel –en realidad su nombre es otro, y prefiere no dar a conocer su apellido– tiene 35 años y se define como gay desde los 16. Experimenta como CD desde hace unos cinco años, calcula. Es su forma de conseguir heterosexuales, admite, que es el tipo de hombre que le atrae. Y los consigue. Uno de ellos, dice, fue una especie de mentor suyo: en el cruce de correos de levante, después de ver una foto de las nalgas redondeadas y turgentes de Gabriel, le pedía insistentemente que se pusiera una tanguita. Hasta ese momento a él ni se le había ocurrido.
–Fue un poco mi formador. Es un heterosexual, divorciado, con hijas, activo. Busca solo travestis y crossdressers. Creo que las CD venimos a cumplir el lugar que antes ocupaba la prostituta. Estos tipos desean mujeres. El me pedía una tanguita y que me pusiera peluca. Me decía, si te ponés la peluca voy a verte. Y entonces, fui a un cotillón y me compré una colorada, pero parecía un payaso. La “truqué” un poquito, le hice un flequillo, y me puse un poco de maquillaje. No sabía pintarme.
Lu –ése es el nombre de CD de Gabriel– recibe en su departamento reciclado y moderno de San Telmo. La privacidad y la discrecionalidad son condiciones indispensables de los dos lados. No cobra, aunque algunos amigos se lo han sugerido. Lo suyo no es un trabajo.
–Muchos de los hombres que vienen me dicen que es la primera vez que están con una CD. Tal vez es parte del juego... Te aclaran: mirá que no me doy vuelta, por favor, discreción y no me llames.
A Gabriel o mejor dicho a Lu, le gusta la idea de pensarse como una “justiciera”.
–¿A qué te referís? –le pregunta esta cronista, confundida.
–Vulnerabilizo esa idea del macho total. Soy feminista, trabajé en temas de género y veo ahora cómo varones bien machos vienen conmigo y finalmente se acuestan con otro hombre, aunque esté montado como una prosti.
Ahora, por primera vez, Lu está enganchado afectivamente con uno de ellos, que vive en el interior –donde tiene su novia– y por trabajo viaja a Buenos Aires cada 15 días, momento en el que se encuentran.
Una vueltita por el Rosedal
Entre los testimonios que recolectó a través de su investigación de los últimos años hay uno que refiere a una reunión de varones, un asado nocturno, donde ellos van sin sus mujeres. Primero las charlas de rigor, fútbol y minas; después de la cena, cuando ya ha corrido bastante alcohol, el dueño de casa busca en el garaje –como ritual– un arcón lleno de ropajes femeninos, con los que los invitados se disfrazan, bailan y juegan, y en el juego, hay roces y manoseos entre ellos (ver aparte). “Prima facie –analiza Figari– esta escena parece una modalidad de vivencia crossdressing. No obstante, aunque pueda existir alguna fascinación particular en el uso de las prendas femeninas, la dinámica de la situación, entre el grotesco y el juego, supone un grado de acercamiento físico entre hombres más que un disfrute específico desde la feminización de las actitudes y comportamientos.” Las prendas femeninas, el juego del crossdressing, el contexto de fiesta y mucho alcohol, actúan a modo de camuflaje y disculpa, facilitando y habilitando el contacto físico, el toqueteo y hasta mucho más, dice el investigador del Gino Germani. Y continúa: “En muchas fiestas de hombres, donde el alcohol u otras sustancias entran en juego, lo erótico aparece en una modalidad muy especial de roces, exhibicionismo, toque y acercamientos. El grotesco se convierte en una excusa, la payasada o la imitación burlesca en un camuflaje para burlar las defensas del acercamiento erótico entre varones heterosexuales. El alcohol tiene en todo esto dos funciones específicas. La primera es la liberación de represiones, por eso en Brasil existe un proverbio muy común que reza: ‘cu de bebêdo nao tem dono” (culo de borracho no tiene dueño). La segunda, que el alcohol supone y habilita para el olvido. Después, al otro día, se supone, nunca se sabrá lo que pasó”.
Una vuelta por el Rosedal
Dentro de la clasificación de hetero “flexible” o “con privilegios”, como los describe Figari, no se escapa una gran proporción de los que salen o tiene sexo con chicas travestis. También son varones que viven en pareja con una mujer, pero de tanto en tanto incursionan con las trans. Lo dicen las mismas chicas que trabajan en el Rosedal de Palermo.
–La mayoría de los que vienen con nosotras salen de la oficina y antes de volver a su casa, con su esposa y sus hijos o con su novia, nos ven. Son heterosexuales que ven en nosotras un cuerpo de mujer. Nunca tuvieron relaciones homosexuales. Simplemente buscan una relación anal o bucal, pero siempre viendo una imagen de mujer, sus senos, sus caderas. También tenemos clientes bisexuales pero es difícil que se asuman como tales –analiza el mercado una de las líderes de la ronda del lago de Palermo, Marcela Romero, coordinadora de la Attta, Asociación de Travestis, Transexuales y Transgénero Argentina. Rubia, alta, de senos y caderas prominentes, Marcela tiene 40 años y es trabajadora sexual desde hace 20. Su conversión en persona trans la inició a los 16 años.
En la búsqueda de relaciones más allá de la paga, ellas, las trans, también buscan “hombres que sean masculinos”, dice Marcela. Y los encuentran, asegura. Se los puede ver, apunta Figari, en las pistas de los boliches mix o gay un sábado por la noche. A los novios de las travestis les dicen “garrones”.
El psiquiatra y sexólogo clínico Adrián Sapetti acuerda con la descripción de esta nueva tribu que forman varones heterosexuales que salen del formato tradicional del sexo con mujeres. “No se consideran tipos de vida gay, están de novios o casados con una mujer, pero tienen sus aventuras amorosas con otros hombres, o invitan a reuniones a travestis, por ejemplo a despedidas de solteros, o tienen fantasías de hacerse penetrar por sus mujeres y les piden que lo hagan con objetos, falos, juguetes sexuales. No tienen conflictos con su identidad sexual, diría que son heterosexuales ‘light’ o ‘permisivos’”, señala Sapetti, presidente de la Sociedad Argentina de Sexología Humana (SASH). León Gindín, médico, fundador y director del Cetis (Centro de Educación, Terapia e Investigación en Sexualidad) celebra esta apertura. “La sociedad por suerte ha cambiado. Antes eras homo o hetero. Ahora están los ni”, agrega Gindín. “Puede ser que tenga que ver con la búsqueda de nuevos encuentros o con el hecho de decir: ‘Soy valiente, me animo a que otro hombre me dé un piquito o me la chupe’. Lo asimilaría a lo que Freud en sus Tres Ensayos y una Teoría Sexual hablaba como ‘homosexual ocasional’, aquel que estaba en una cárcel o un cuartel y tenía una experiencia homosexual, pero cuando salía de esos ámbitos se olvidaba.”
Algunos testimonios que forman parte de la investigación de Figari dan cuenta de cómo viven estas experiencias:
Dijo Marcelo, en un sexclub: “Yo amo y soy fiel a mi mujer. Me encanta como mina y es la madre de mis hijos. Le soy completamente fiel. Nunca la engañé... con una mina. Ahora, los hombres son otra cosa. Con hombres es por puro placer, me gusta la variedad. Me encanta que me vean hacerlo y hacerlo con varios a la vez”. Dijo Alejandro, un tanto perturbado: “A mi novia la amo y con ella siento placer. Nunca la engañé con otra mina. Esto de los tipos es absolutamente nuevo. Pero cómo te explico... con ellos no es verdaderamente placer, es sólo un juego”.
–¿Son en sí heterosexuales que tiene experiencias con otros varones o son ya otra cosa, en el sentido de construir otra identidad? –le preguntó Página/12 a Figari.
–¿Eso realmente importa? Lo que debería primar en cualquier análisis de prácticas y experiencias sexuales es la autodefinición y la vivencia del sujeto en cuestión más allá de cualquier categoría como son las sexualidades heterosexuales o inclusive las periféricas. La heterosexualidad incluye también entre sus posibles comportamientos actos de los considerados homosexuales y también prácticas con “mujeres de sexo masculino” o travestis, sin que esto signifique “ser otra cosa”.
Los estudiosos de la sexualidad ya le pusieron nombre: son los “heterosexuales flexibles”. Hombres casados o con novia, tal vez con hijos, que de vez en cuando avanzan en el contacto con el mismo sexo. El lugar en La Paternal que ofrece el servicio para vestirse como mujer. El fenómeno del crossdressing.
Por Mariana Carbajal
“Casado busca hombres casados de buen físico de hasta 30 años.” “Hola, me llamo Claudio, tengo 40 años, casado, de ojos marrones, pelo castaño oscuro, físico normal, de 1,75. Me interesan los chicos que en la intimidad se visten de nenas.” “Soy Martín, tengo 31 años. Para nada afeminado. Soy casado y me gustan las mujeres, pero me estoy ratoneando con un hombre hace rato, si te va escribime a...” Los tres son anuncios del sitio de clasificados gratuitos online OLX (www.olx.com): el primero es de un muchacho de la localidad bonaerense de Berazategui, el segundo de ciudad de La Rioja y el tercero, del barrio porteño de Balvanera. No hace falta husmear demasiado en la web, en páginas de encuentro, para toparse con este tipo de búsqueda: varones que no se definen como gays o bisexuales que quieren tener sexo con otros hombres heterosexuales o con crossdressers (hombres que en la intimidad juegan a ser mujeres infartantes por un rato); o ellos mismos en un asado a la noche después de jugar al fútbol con amigos, alcohol y música tienen como rutina “disfrazarse” de damas y toquetearse, ante la ausencia de sus esposas y la complicidad grupal. Y claro, también es conocido ya que bien machazos corretean detrás –o algunos, delante– de travestis o chicas trans. Y también están los que piden ser penetrados con juguetes eróticos en la cama por sus esposas o novias. Son varones de clase media y media alta, “heterosexuales flexibles”, como los define Carlos Figari, investigador del Conicet y del Grupo de Estudios sobre Sexualidades (GES) del Instituto de Investigación Gino Germani de la UBA, quien ha explorado en la noche porteña –y en la web– sobre esta nueva tribu, para la que Internet, dice, constituye un espacio privilegiado de “encuentro, reflexión y agrupamiento”. “Somos heterosexuales con privilegios”, prefiere autodenominarse, con ironía, uno de ellos.
Figari empezó a indagar sobre heterosexualidades masculinas “flexibles” hace unos tres años a partir de su observación empírica en boliches gay y “mix” –en el argot gay, lugares frecuentados tanto por homo como heterosexuales– como la disco Amerika, en el barrio porteño de Almagro, una de los más grandes de Buenos Aires. El investigador puso su mirada también en sitios de encuentro de Internet y fue recogiendo diversos testimonios. Su exploración quedó plasmada en un artículo, que se publica en Todo sexo es político (Editorial Zorzal), libro que en unas semanas saldrá a la venta en las librerías de Buenos Aires y se trata de una compilación de investigaciones realizadas en el marco del GES. “El trabajo es el fruto de escuchas de los últimos años, de vivencias propias, de relatos de conocidos que sabían que estaba siguiendo este tema y se me acercaban a contarme sus experiencias. Para sus protagonistas no es un tema fácil de hablar: algunos sólo pueden ponerlo por escrito”, contó a Página/12 Figari, politólogo, doctorado en Sociología, profesor de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Catamarca y del Doctorado en Ciencias Sociales de la UBA. La definición de heterosexuales “flexibles”, en realidad, es un hallazgo que surgió del testimonio de uno de sus entrevistados, Julio, que así se describió cuando le preguntó sobre su orientación sexual: “Yo son un hetero flexible. Me gustan unos buenos amases. Sentir los cuerpos rozándose. Un buen revolcón entre dos machos. Pero no, nunca penetré un tipo”.
Vestidos de chicas
En un departamento del barrio de La Paternal, Claudia Molina, una ex periodista de 34 años, tiene un curioso emprendimiento: ofrece un servicio para hombres que tienen como fantasía vestirse o “montarse” –de acuerdo con la jerga– de auténticas chicas, es decir, lo que se llama convertirse en crossdresser o CD, una tendencia que crece silenciosamente y en privado en el país, según los conocedores de los chats y sitios de encuentro.
–La mayoría de los que vienen son casados, con hijos, de 25 a 40 años y algunos de más también. Gente de clase media alta. Generalmente vuelven cada tanto –cuenta Claudia.
En uno de los placares de este departamento de tres ambientes cuelgan decenas de vestidos: algunos más atorrantes y otros más formales, de talles grandes, con brillo, pero también con colores más tranquilos; los hay estampados, y lisos. Tiene estantes repletos de botas de colores estridentes, con diseños jugados, zapatos estilettos, entre el 43 y el 45 –talla de hombres–. Toda una inversión, aclara, porque han sido hechos a pedido. No es fácil encontrar ese tamaño en zapaterías de mujer y más difícil esos modelos en zapaterías de hombres.
En uno de los cuartos hay un espejo colgado de la pared con media docena de luces, como si se tratara del camarín de una estrella, frente al cual Mónica se encarga de maquillar al CD de turno. Se ven varias pelucas: rubias, morochas, pelirrojas, castañas.
–El maquillaje es profesional –dice ella. Le doy ropa, lo dejo solo, lo maquillo. La idea es que se cambie de ropa, se vaya probando diferentes pelucas, se vea frente al espejo y después se va como entró.
Las cremas demaquillantes no dejan rastros de la transformación pasajera.
Y nadie se entera, más que la amable anfitriona, que es cómplice discreta de este juego.
–Para ellos es como un hobbie. Les gustan tanto las mujeres, con toda su fisonomía, que por un ratito les gusta desarrollar esta fantasía de usar vestidos, tacos, pintarse... Hay gente que le gusta vestirse como una prostituta, otra verse como una mujer elegante.
La diversión se extiende por unas dos horas y cuesta 100 pesos.
–No ofrezco contacto sexual –deja en claro. Una vez por mes organiza reuniones para que los CD que quieran se conozcan entre sí. La última fiesta fue el 15 de febrero, ahí en el departamento de La Paternal.
–Algunos necesitan socializar, mostrarse.
Con este negocio, Claudia cuenta que empezó en tiempos de la crisis del 2001/2002, cuando se quedó sin trabajo como redactora en una empresa que generaba informes comerciales. Pero nota que en el último año la clientela fue creciendo, a partir de la difusión en la web del mundo de las CD. Dice que por día le llegan entre 5 y 6 llamados telefónicos o emails, para consultarla y entre los correos electrónicos, gran cantidad -–asegura– proviene de otros países de Latinoamérica, desde donde se lamentan de que La Paternal esté tan lejos y no encuentren un servicio para “montarse” por un rato más cerca de sus casas. Los que se hayan quedado con curiosidad pueden visitar el sitio de Claudia en www.crossdressingbsas.com.ar, y si la curiosidad persiste, no tienen más que concertar con ella una cita. Reserva garantizada, dice.
Ponete una tanguita
En su indagación sobre el mundo de las CD, Figari se encontró con el testimonio de Luli. Ella prefirió escribir sus vivencias. Hablarlo le resultaba infranqueable. Y escribió: “Una realidad de las crossdresser es la de su doble identidad. A diferencia de las travestis que han decidido vivir como mujeres, las cross, al igual que Batman (permítanme esta comparación graciosa) tenemos dos vidas. Nuestra habitual vida como varones (¿Brunos Díaz? Jaja) y nuestra cuasi secreta vida de mujeres (¿eres tú Batman?). Obviamente todo esto sin que tenga que ver para nada nuestra orientación sexual (seas homo, hetero o bisexual). Desde luego que éste es un mal de nuestra cultura, que discrimina lo diferente. Imagínense la posibilidad de ir algunos días a mi trabajo vestido de varón y otros vestida de mujer y pintada, según fuera mi ánimo de ese día que es como a mí personalmente me pasa. Suena raro, ¿no?”, se despacha Luli.
En los sitios de encuentro de Internet como www.contactos sex.com, muchos varones, heterosexuales, de los que se dicen casados o en pareja con una mujer, caen rendidos ante un anuncio de una CD. Gabriel puede dar cuenta de esta atracción fatal. Vive en el barrio porteño de San Telmo. Tiene una carrera universitaria. De lunes a viernes trabaja en una ONG en la promoción de los derechos de la infancia. Los fines de semana se “monta” como una provocativa CD, con aires de prostituta: tanguita, portaligas, tacones, peluca, maquillaje. El proceso de transformación le lleva una hora y media de producción, le cuenta a Página/12. Lo que más trabajo le da es ocultar bajo una base espesa de maquillaje la sombra del bigote, que aunque lo afeita obsesivamente igual que el resto del rostro, no deja a veces de traicionarlo. Después, pondrá un poco de polvo volátil y delineará con esmero los ojos. Lo aprendió con la práctica. Al principio –se ríe con el recuerdo– se pintaba con colorete por toda la cara y terminaba pareciendo más un payaso que una femme fatal. La producción demanda que tenga que depilarse periódicamente piernas, axilas, brazos y pecho. Está pensando en una depilación definitiva.
“Hola, busco heteros y machos, sólo activos. Si tenés ganas de conocer a una chica cross dresser ‘viciosa en la cama’ no lo dudes”, dice su anuncio en la página argentina de contactossex.com. Gabriel –en realidad su nombre es otro, y prefiere no dar a conocer su apellido– tiene 35 años y se define como gay desde los 16. Experimenta como CD desde hace unos cinco años, calcula. Es su forma de conseguir heterosexuales, admite, que es el tipo de hombre que le atrae. Y los consigue. Uno de ellos, dice, fue una especie de mentor suyo: en el cruce de correos de levante, después de ver una foto de las nalgas redondeadas y turgentes de Gabriel, le pedía insistentemente que se pusiera una tanguita. Hasta ese momento a él ni se le había ocurrido.
–Fue un poco mi formador. Es un heterosexual, divorciado, con hijas, activo. Busca solo travestis y crossdressers. Creo que las CD venimos a cumplir el lugar que antes ocupaba la prostituta. Estos tipos desean mujeres. El me pedía una tanguita y que me pusiera peluca. Me decía, si te ponés la peluca voy a verte. Y entonces, fui a un cotillón y me compré una colorada, pero parecía un payaso. La “truqué” un poquito, le hice un flequillo, y me puse un poco de maquillaje. No sabía pintarme.
Lu –ése es el nombre de CD de Gabriel– recibe en su departamento reciclado y moderno de San Telmo. La privacidad y la discrecionalidad son condiciones indispensables de los dos lados. No cobra, aunque algunos amigos se lo han sugerido. Lo suyo no es un trabajo.
–Muchos de los hombres que vienen me dicen que es la primera vez que están con una CD. Tal vez es parte del juego... Te aclaran: mirá que no me doy vuelta, por favor, discreción y no me llames.
A Gabriel o mejor dicho a Lu, le gusta la idea de pensarse como una “justiciera”.
–¿A qué te referís? –le pregunta esta cronista, confundida.
–Vulnerabilizo esa idea del macho total. Soy feminista, trabajé en temas de género y veo ahora cómo varones bien machos vienen conmigo y finalmente se acuestan con otro hombre, aunque esté montado como una prosti.
Ahora, por primera vez, Lu está enganchado afectivamente con uno de ellos, que vive en el interior –donde tiene su novia– y por trabajo viaja a Buenos Aires cada 15 días, momento en el que se encuentran.
Una vueltita por el Rosedal
Entre los testimonios que recolectó a través de su investigación de los últimos años hay uno que refiere a una reunión de varones, un asado nocturno, donde ellos van sin sus mujeres. Primero las charlas de rigor, fútbol y minas; después de la cena, cuando ya ha corrido bastante alcohol, el dueño de casa busca en el garaje –como ritual– un arcón lleno de ropajes femeninos, con los que los invitados se disfrazan, bailan y juegan, y en el juego, hay roces y manoseos entre ellos (ver aparte). “Prima facie –analiza Figari– esta escena parece una modalidad de vivencia crossdressing. No obstante, aunque pueda existir alguna fascinación particular en el uso de las prendas femeninas, la dinámica de la situación, entre el grotesco y el juego, supone un grado de acercamiento físico entre hombres más que un disfrute específico desde la feminización de las actitudes y comportamientos.” Las prendas femeninas, el juego del crossdressing, el contexto de fiesta y mucho alcohol, actúan a modo de camuflaje y disculpa, facilitando y habilitando el contacto físico, el toqueteo y hasta mucho más, dice el investigador del Gino Germani. Y continúa: “En muchas fiestas de hombres, donde el alcohol u otras sustancias entran en juego, lo erótico aparece en una modalidad muy especial de roces, exhibicionismo, toque y acercamientos. El grotesco se convierte en una excusa, la payasada o la imitación burlesca en un camuflaje para burlar las defensas del acercamiento erótico entre varones heterosexuales. El alcohol tiene en todo esto dos funciones específicas. La primera es la liberación de represiones, por eso en Brasil existe un proverbio muy común que reza: ‘cu de bebêdo nao tem dono” (culo de borracho no tiene dueño). La segunda, que el alcohol supone y habilita para el olvido. Después, al otro día, se supone, nunca se sabrá lo que pasó”.
Una vuelta por el Rosedal
Dentro de la clasificación de hetero “flexible” o “con privilegios”, como los describe Figari, no se escapa una gran proporción de los que salen o tiene sexo con chicas travestis. También son varones que viven en pareja con una mujer, pero de tanto en tanto incursionan con las trans. Lo dicen las mismas chicas que trabajan en el Rosedal de Palermo.
–La mayoría de los que vienen con nosotras salen de la oficina y antes de volver a su casa, con su esposa y sus hijos o con su novia, nos ven. Son heterosexuales que ven en nosotras un cuerpo de mujer. Nunca tuvieron relaciones homosexuales. Simplemente buscan una relación anal o bucal, pero siempre viendo una imagen de mujer, sus senos, sus caderas. También tenemos clientes bisexuales pero es difícil que se asuman como tales –analiza el mercado una de las líderes de la ronda del lago de Palermo, Marcela Romero, coordinadora de la Attta, Asociación de Travestis, Transexuales y Transgénero Argentina. Rubia, alta, de senos y caderas prominentes, Marcela tiene 40 años y es trabajadora sexual desde hace 20. Su conversión en persona trans la inició a los 16 años.
En la búsqueda de relaciones más allá de la paga, ellas, las trans, también buscan “hombres que sean masculinos”, dice Marcela. Y los encuentran, asegura. Se los puede ver, apunta Figari, en las pistas de los boliches mix o gay un sábado por la noche. A los novios de las travestis les dicen “garrones”.
El psiquiatra y sexólogo clínico Adrián Sapetti acuerda con la descripción de esta nueva tribu que forman varones heterosexuales que salen del formato tradicional del sexo con mujeres. “No se consideran tipos de vida gay, están de novios o casados con una mujer, pero tienen sus aventuras amorosas con otros hombres, o invitan a reuniones a travestis, por ejemplo a despedidas de solteros, o tienen fantasías de hacerse penetrar por sus mujeres y les piden que lo hagan con objetos, falos, juguetes sexuales. No tienen conflictos con su identidad sexual, diría que son heterosexuales ‘light’ o ‘permisivos’”, señala Sapetti, presidente de la Sociedad Argentina de Sexología Humana (SASH). León Gindín, médico, fundador y director del Cetis (Centro de Educación, Terapia e Investigación en Sexualidad) celebra esta apertura. “La sociedad por suerte ha cambiado. Antes eras homo o hetero. Ahora están los ni”, agrega Gindín. “Puede ser que tenga que ver con la búsqueda de nuevos encuentros o con el hecho de decir: ‘Soy valiente, me animo a que otro hombre me dé un piquito o me la chupe’. Lo asimilaría a lo que Freud en sus Tres Ensayos y una Teoría Sexual hablaba como ‘homosexual ocasional’, aquel que estaba en una cárcel o un cuartel y tenía una experiencia homosexual, pero cuando salía de esos ámbitos se olvidaba.”
Algunos testimonios que forman parte de la investigación de Figari dan cuenta de cómo viven estas experiencias:
Dijo Marcelo, en un sexclub: “Yo amo y soy fiel a mi mujer. Me encanta como mina y es la madre de mis hijos. Le soy completamente fiel. Nunca la engañé... con una mina. Ahora, los hombres son otra cosa. Con hombres es por puro placer, me gusta la variedad. Me encanta que me vean hacerlo y hacerlo con varios a la vez”. Dijo Alejandro, un tanto perturbado: “A mi novia la amo y con ella siento placer. Nunca la engañé con otra mina. Esto de los tipos es absolutamente nuevo. Pero cómo te explico... con ellos no es verdaderamente placer, es sólo un juego”.
–¿Son en sí heterosexuales que tiene experiencias con otros varones o son ya otra cosa, en el sentido de construir otra identidad? –le preguntó Página/12 a Figari.
–¿Eso realmente importa? Lo que debería primar en cualquier análisis de prácticas y experiencias sexuales es la autodefinición y la vivencia del sujeto en cuestión más allá de cualquier categoría como son las sexualidades heterosexuales o inclusive las periféricas. La heterosexualidad incluye también entre sus posibles comportamientos actos de los considerados homosexuales y también prácticas con “mujeres de sexo masculino” o travestis, sin que esto signifique “ser otra cosa”.
Qué noche para poner el cronómetro
Qué noche para poner el cronómetro
La Sociedad Internacional de Medicina Sexual estableció que la disfunción se diagnostica “cuando la eyaculación ocurre antes o dentro de un minuto de la penetración vaginal”. Diversos expertos polemizan con la entidad.
Por Pedro Lipcovich
“Sí, sí –gemía la mujer, abrazada al hombre–, ya está por llegar... ya llega... ¡Llegó!” Efectivamente, el cronómetro había llegado a marcar un minuto más un segundo: habían derrotado a la eyaculación precoz. Es que la Sociedad Internacional de Medicina Sexual estableció una definición “basada en la evidencia” por la cual la precocidad se diagnostica “cuando la eyaculación ocurre antes o dentro de un minuto de la penetración vaginal”. Esto dio lugar a una polémica que empezó en la tarde de ayer y finalizó enseguida: desde la sexología, objetan que la precocidad no se mide por segundos sino “por la capacidad para decidir el momento eyaculatorio”; desde el psicoanálisis advierten que “definir por cronómetro es simplista” y ejemplifican con “el sujeto que, por su fantasma de castración, acaba rápido para no poner en riesgo el pene”. Lo del cronómetro no es broma: realmente se usa –la chica debe apretar el botoncito– en ensayos clínicos para una droga que amenaza ser el Viagra de esta disfunción. Por lo demás, especialistas señalan que la eyaculación precoz puede prevenirse desde la adolescencia mediante una masturbación sabia, que ayude al sujeto a conocer sus propias reacciones.
La definición de la International Society for Sexual Medicine (ISSM) fue elaborada por “un panel de líderes en eyaculación prematura”, según el documento de la entidad. La caracteriza como “una disfunción sexual masculina en la que la eyaculación ocurre siempre o casi siempre antes de o en el curso de un minuto de la penetración vaginal”, a lo que suman “la incapacidad para demorar la eyaculación en todas o casi todas las penetraciones” con “consecuencias como estrés negativo y frustración y/o evitación de la intimidad sexual”.
“¿Y si un tipo acaba en 59 segundos porque así les gusta a él y a su mujer?”, preguntó el sexólogo León Gindin –profesor en la UAI, autor de Eyaculación precoz, problemas y soluciones–: “Lo que define la eyaculación precoz es la incapacidad o no para decidir voluntariamente el momento eyaculatorio”.
Gindin estimó que la precisión de la ISSM “puede vincularse con las pruebas clínicas que un laboratorio farmacéutico hace para drogas como la ‘dapoxetina’, próxima a lanzarse en Europa, que, tomada una hora antes de la relación sexual, podría demorar la eyaculación; para estas pruebas inventaron el Ivelt (Intra-Vaginal Eyaculatory Latency Time), que es medido por la mujer, con un cronómetro, desde la introducción del pene hasta la eyaculación”.
La sexóloga Virginia Martínez Verdier –directora de Sexuar– observó que “hasta los años ’50, la eyaculación precoz no existía como entidad clínica; esto era correlativo al hecho de que no se suponía que la mujer sintiera placer durante la relación; que el varón acabara rápido era más bien un alivio para ella. El tema se visualizó desde los ’60, cuando empezó a intentarse la compatibilidad entre las sexualidades de la mujer y del varón”.
Para Martínez Verdier, “la eyaculación precoz se produce, no importa si al minuto o a los cinco minutos, porque el varón no es capaz de frenar su estimulación antes de que llegue el momento de inevitabilidad eyaculatoria. Esto suele aprenderlo espontáneamente en la adolescencia: el chico se da cuenta cuándo llega ese momento y, para su propio placer, practica en postergarlo”.
“También para las chicas la masturbación adolescente es un aprendizaje, en este caso para lograr el orgasmo. Cierto que, para que esto pueda suceder, el chico o la chica deberían desarrollarse en ambientes respetuosos de su intimidad, de modo que puedan explorarse sin apuro ni temor.”
Para los que hayan desperdiciado su adolescencia en el estudio o el deporte, Gindin dio algunas recomendaciones que todo eyaculador precoz debe seguir sin demora: “Frecuencia coital de tres veces por semana; juegos sexuales largos, de 45 minutos o más; coito lento con ella arriba, deteniéndose cuando se aproxima la eyaculación y retomando cuando pasó la urgencia eyaculatoria”.
Pero esto no siempre alcanza. El psicoanalista Sergio Rodríguez –consultor en Psyché Anudamientos– ejemplificó con el caso de “el que padece un fantasma de castración y acaba rápido para no poner en peligro su pene. Esto es bien distinto de los muy jóvenes, que acaban rápido porque los juegos sexuales previos les producen un goce de tal tensión, y de tal envergadura, que no dura”; en todo caso, “definir la eyaculación precoz por el cronómetro es muy simplista”.
En cambio, el urólogo Adolfo Casabé –médico en el sector Disfunciones Sexuales del Hospital Durand– prefirió “desterrar la noción de que la eyaculación precoz es emocional: el hecho es que los antidepresivos, que elevan el nivel de serotonina en el sistema nervioso central, retardan el tiempo eyaculatorio”. Casabé es partidario de “tratamientos de 12 a 18 meses con estos fármacos”. En cuanto al minuto eyaculatorio, Casabé recordó que “en el anterior congreso mundial de la especialidad, habíamos establecido un consenso de dos minutos”, pero admitió que haya bajado a un minuto “por nuevo consenso”.
La Sociedad Internacional de Medicina Sexual estableció que la disfunción se diagnostica “cuando la eyaculación ocurre antes o dentro de un minuto de la penetración vaginal”. Diversos expertos polemizan con la entidad.
Por Pedro Lipcovich
“Sí, sí –gemía la mujer, abrazada al hombre–, ya está por llegar... ya llega... ¡Llegó!” Efectivamente, el cronómetro había llegado a marcar un minuto más un segundo: habían derrotado a la eyaculación precoz. Es que la Sociedad Internacional de Medicina Sexual estableció una definición “basada en la evidencia” por la cual la precocidad se diagnostica “cuando la eyaculación ocurre antes o dentro de un minuto de la penetración vaginal”. Esto dio lugar a una polémica que empezó en la tarde de ayer y finalizó enseguida: desde la sexología, objetan que la precocidad no se mide por segundos sino “por la capacidad para decidir el momento eyaculatorio”; desde el psicoanálisis advierten que “definir por cronómetro es simplista” y ejemplifican con “el sujeto que, por su fantasma de castración, acaba rápido para no poner en riesgo el pene”. Lo del cronómetro no es broma: realmente se usa –la chica debe apretar el botoncito– en ensayos clínicos para una droga que amenaza ser el Viagra de esta disfunción. Por lo demás, especialistas señalan que la eyaculación precoz puede prevenirse desde la adolescencia mediante una masturbación sabia, que ayude al sujeto a conocer sus propias reacciones.
La definición de la International Society for Sexual Medicine (ISSM) fue elaborada por “un panel de líderes en eyaculación prematura”, según el documento de la entidad. La caracteriza como “una disfunción sexual masculina en la que la eyaculación ocurre siempre o casi siempre antes de o en el curso de un minuto de la penetración vaginal”, a lo que suman “la incapacidad para demorar la eyaculación en todas o casi todas las penetraciones” con “consecuencias como estrés negativo y frustración y/o evitación de la intimidad sexual”.
“¿Y si un tipo acaba en 59 segundos porque así les gusta a él y a su mujer?”, preguntó el sexólogo León Gindin –profesor en la UAI, autor de Eyaculación precoz, problemas y soluciones–: “Lo que define la eyaculación precoz es la incapacidad o no para decidir voluntariamente el momento eyaculatorio”.
Gindin estimó que la precisión de la ISSM “puede vincularse con las pruebas clínicas que un laboratorio farmacéutico hace para drogas como la ‘dapoxetina’, próxima a lanzarse en Europa, que, tomada una hora antes de la relación sexual, podría demorar la eyaculación; para estas pruebas inventaron el Ivelt (Intra-Vaginal Eyaculatory Latency Time), que es medido por la mujer, con un cronómetro, desde la introducción del pene hasta la eyaculación”.
La sexóloga Virginia Martínez Verdier –directora de Sexuar– observó que “hasta los años ’50, la eyaculación precoz no existía como entidad clínica; esto era correlativo al hecho de que no se suponía que la mujer sintiera placer durante la relación; que el varón acabara rápido era más bien un alivio para ella. El tema se visualizó desde los ’60, cuando empezó a intentarse la compatibilidad entre las sexualidades de la mujer y del varón”.
Para Martínez Verdier, “la eyaculación precoz se produce, no importa si al minuto o a los cinco minutos, porque el varón no es capaz de frenar su estimulación antes de que llegue el momento de inevitabilidad eyaculatoria. Esto suele aprenderlo espontáneamente en la adolescencia: el chico se da cuenta cuándo llega ese momento y, para su propio placer, practica en postergarlo”.
“También para las chicas la masturbación adolescente es un aprendizaje, en este caso para lograr el orgasmo. Cierto que, para que esto pueda suceder, el chico o la chica deberían desarrollarse en ambientes respetuosos de su intimidad, de modo que puedan explorarse sin apuro ni temor.”
Para los que hayan desperdiciado su adolescencia en el estudio o el deporte, Gindin dio algunas recomendaciones que todo eyaculador precoz debe seguir sin demora: “Frecuencia coital de tres veces por semana; juegos sexuales largos, de 45 minutos o más; coito lento con ella arriba, deteniéndose cuando se aproxima la eyaculación y retomando cuando pasó la urgencia eyaculatoria”.
Pero esto no siempre alcanza. El psicoanalista Sergio Rodríguez –consultor en Psyché Anudamientos– ejemplificó con el caso de “el que padece un fantasma de castración y acaba rápido para no poner en peligro su pene. Esto es bien distinto de los muy jóvenes, que acaban rápido porque los juegos sexuales previos les producen un goce de tal tensión, y de tal envergadura, que no dura”; en todo caso, “definir la eyaculación precoz por el cronómetro es muy simplista”.
En cambio, el urólogo Adolfo Casabé –médico en el sector Disfunciones Sexuales del Hospital Durand– prefirió “desterrar la noción de que la eyaculación precoz es emocional: el hecho es que los antidepresivos, que elevan el nivel de serotonina en el sistema nervioso central, retardan el tiempo eyaculatorio”. Casabé es partidario de “tratamientos de 12 a 18 meses con estos fármacos”. En cuanto al minuto eyaculatorio, Casabé recordó que “en el anterior congreso mundial de la especialidad, habíamos establecido un consenso de dos minutos”, pero admitió que haya bajado a un minuto “por nuevo consenso”.
Hoy no, me va a doler la cabeza
Hoy no, me va a doler la cabeza
El uno por ciento de las cefaleas está relacionado con la actividad sexual. Habitualmente, las “migrañas del coito” son benignas y el dolor puede durar entre un minuto y tres horas. El 70 por ciento de los afectados son hombres.
Por lo menos uno de cada cien dolores de cabeza es una “cefalea sexual”, que se produce durante el coito –según una investigación efectuada en España–. En realidad, quizá sean muchos más porque “hay quienes no declaran que se produjo en esa circunstancia: depende de lo legal que haya sido la relación”, según observó un especialista. El dolor afecta principalmente a los varones; en el peor, aunque menos probable de los casos, puede ser síntoma de una enfermedad grave como un aneurisma. Pero lo más habitual es que se trate de una “cefalea sexual benigna”, que suele reiterarse, a veces durante años, hasta desaparecer, espontáneamente o por cambios en el estilo de vida, como dejar el tabaco o el alcohol (antes que dejar el sexo). En contrapartida, respecto de las personas que habitualmente tienen dolores de cabeza, “en el 13 por ciento de los casos, el dolor desaparece al tener relaciones sexuales”.
David Ezpeleta, miembro de la Sociedad Española de Neurología, señaló que “entre el 0,4 y el uno por ciento del total de las cefaleas son sexuales” y que “el 70 por ciento de los afectados son hombres”. “El dolor puede durar entre un minuto y tres horas. Cuando se presenta por primera vez y es explosivo, corresponde efectuar una consulta médica, ya que podría corresponder a patologías graves como la ruptura de un aneurisma intracraneal.”
Descartados los riesgos graves, el diagnóstico es “una cefalea sexual benigna, que puede resolverse mediante la práctica de ejercicio físico, la reducción de peso y dejando el alcohol y el tabaco. En caso de que persista, hay fármacos que ayudan a aliviar el problema”, señaló Ezpeleta, en Madrid, en el marco de la presentación de un estudio sobre trastornos de la vida sexual en pacientes con dolor de cabeza efectuado por la Fundación Migraña.
En efecto, Roberto Sica –profesor emérito de Neurología y secretario de Ciencia y Técnica en la Facultad de Medicina de la UBA– precisó que se trata de la “migraña del coito, reconocida en la clasificación habitual de las migrañas: especialmente si el dolor es explosivo, inhabitual y muy fuerte, corresponde el diagnóstico diferencial, ya que podría ser el preámbulo de la ruptura de un aneurisma o corresponder a una malformación vascular cerebral”.
Lucas Bonamico –de la sección Cefaleas y Dolor del Instituto Fleni–- comentó que “algunos pacientes declaran que el dolor se produjo en esa situación, pero otros no; depende de lo legal que haya sido la situación; a veces, esa circunstancia se revela en el interrogatorio médico, y las mujeres suelen ser más reticentes a contarlo”. El especialista precisó que “la cefalea benigna del coito puede presentarse unas pocas veces en la vida o reiterarse a lo largo de dos o tres años hasta desaparecer. No se conoce bien su causa: se especula con que, al aproximarse el orgasmo, se produce un mayor flujo de sangre en algunas zonas del cerebro, pero el origen no está claro”.
Virginia Martínez Verdier, psicóloga especialista en sexología, agregó que “el dolor de cabeza como malestar, no ya durante sino después de la relación sexual, puede deberse a que la tensión muscular generada durante la relación no se descargó adecuadamente en el orgasmo; en cuanto al ‘me duele la cabeza’ previo, puede no ser excusa, sino un síntoma orgánico que expresa el malestar ante la expectativa de una intimidad que, con esa persona en particular, no es deseada”.
En contrapartida, el estudio de los españoles estableció que, entre las personas que ya tienen cefaleas, “el 13 por ciento manifiesta que el dolor desaparece al tener relaciones sexuales”. Roberto Sica comentó que, en realidad, “ante la expectativa y el acto sexual, todo tipo de dolor se atenúa: no sólo la cefalea, sino los dolores de la artrosis, por ejemplo; cierto que, terminado el acto sexual, suelen retornar”. La causa probable consistiría en “una inhibición activa del dolor por acción de las endorfinas, los endoopioides que produce el organismo”. Es que “evolutivamente, para la preservación de la especie es adecuado contrarrestar cualquier perturbación que pudiera impedir el acto sexual”, observó Sica.
El uno por ciento de las cefaleas está relacionado con la actividad sexual. Habitualmente, las “migrañas del coito” son benignas y el dolor puede durar entre un minuto y tres horas. El 70 por ciento de los afectados son hombres.
Por lo menos uno de cada cien dolores de cabeza es una “cefalea sexual”, que se produce durante el coito –según una investigación efectuada en España–. En realidad, quizá sean muchos más porque “hay quienes no declaran que se produjo en esa circunstancia: depende de lo legal que haya sido la relación”, según observó un especialista. El dolor afecta principalmente a los varones; en el peor, aunque menos probable de los casos, puede ser síntoma de una enfermedad grave como un aneurisma. Pero lo más habitual es que se trate de una “cefalea sexual benigna”, que suele reiterarse, a veces durante años, hasta desaparecer, espontáneamente o por cambios en el estilo de vida, como dejar el tabaco o el alcohol (antes que dejar el sexo). En contrapartida, respecto de las personas que habitualmente tienen dolores de cabeza, “en el 13 por ciento de los casos, el dolor desaparece al tener relaciones sexuales”.
David Ezpeleta, miembro de la Sociedad Española de Neurología, señaló que “entre el 0,4 y el uno por ciento del total de las cefaleas son sexuales” y que “el 70 por ciento de los afectados son hombres”. “El dolor puede durar entre un minuto y tres horas. Cuando se presenta por primera vez y es explosivo, corresponde efectuar una consulta médica, ya que podría corresponder a patologías graves como la ruptura de un aneurisma intracraneal.”
Descartados los riesgos graves, el diagnóstico es “una cefalea sexual benigna, que puede resolverse mediante la práctica de ejercicio físico, la reducción de peso y dejando el alcohol y el tabaco. En caso de que persista, hay fármacos que ayudan a aliviar el problema”, señaló Ezpeleta, en Madrid, en el marco de la presentación de un estudio sobre trastornos de la vida sexual en pacientes con dolor de cabeza efectuado por la Fundación Migraña.
En efecto, Roberto Sica –profesor emérito de Neurología y secretario de Ciencia y Técnica en la Facultad de Medicina de la UBA– precisó que se trata de la “migraña del coito, reconocida en la clasificación habitual de las migrañas: especialmente si el dolor es explosivo, inhabitual y muy fuerte, corresponde el diagnóstico diferencial, ya que podría ser el preámbulo de la ruptura de un aneurisma o corresponder a una malformación vascular cerebral”.
Lucas Bonamico –de la sección Cefaleas y Dolor del Instituto Fleni–- comentó que “algunos pacientes declaran que el dolor se produjo en esa situación, pero otros no; depende de lo legal que haya sido la situación; a veces, esa circunstancia se revela en el interrogatorio médico, y las mujeres suelen ser más reticentes a contarlo”. El especialista precisó que “la cefalea benigna del coito puede presentarse unas pocas veces en la vida o reiterarse a lo largo de dos o tres años hasta desaparecer. No se conoce bien su causa: se especula con que, al aproximarse el orgasmo, se produce un mayor flujo de sangre en algunas zonas del cerebro, pero el origen no está claro”.
Virginia Martínez Verdier, psicóloga especialista en sexología, agregó que “el dolor de cabeza como malestar, no ya durante sino después de la relación sexual, puede deberse a que la tensión muscular generada durante la relación no se descargó adecuadamente en el orgasmo; en cuanto al ‘me duele la cabeza’ previo, puede no ser excusa, sino un síntoma orgánico que expresa el malestar ante la expectativa de una intimidad que, con esa persona en particular, no es deseada”.
En contrapartida, el estudio de los españoles estableció que, entre las personas que ya tienen cefaleas, “el 13 por ciento manifiesta que el dolor desaparece al tener relaciones sexuales”. Roberto Sica comentó que, en realidad, “ante la expectativa y el acto sexual, todo tipo de dolor se atenúa: no sólo la cefalea, sino los dolores de la artrosis, por ejemplo; cierto que, terminado el acto sexual, suelen retornar”. La causa probable consistiría en “una inhibición activa del dolor por acción de las endorfinas, los endoopioides que produce el organismo”. Es que “evolutivamente, para la preservación de la especie es adecuado contrarrestar cualquier perturbación que pudiera impedir el acto sexual”, observó Sica.
Viejas neosexualidades
Viejas neosexualidades
El autor examina la inscripción cultural de la sexualidad, desde la época victoriana, pasando por la “revolución sexual” y hasta nuestros días.
Por Enrique Carpintero *
Es sorprendente que en la actualidad se hable sobre “nuevas sexualidades”, que algunos denominan “neosexualidades”: sólo tenemos que recorrer la literatura erótica de diferentes épocas para ver que lo nuevo es algo viejo, que siempre estuvo presente en nuestra condición humana. Claro, la sexualidad se mantenía como un secreto bien guardado, circulando por las profundidades de una subjetividad que debía disimularlo. Evidentemente esta situación ha cambiado.
La sexualidad de la época victoriana, desde la cual Freud construyó el psicoanálisis, se sostenía en inhibiciones y represiones que eran la base de una serie de síntomas especialmente agudos en la época. La sociedad burguesa del siglo XIX definió nuevas reglas de juego para los placeres, que no estaban ya en manos de la religión, sino de la ciencia médica, en la cual se apoyaban los Estados modernos que consideraban un deber gobernar las prácticas sexuales para establecer que era “normal” y “patológico”. Como dice Elizabeth Roudinesco: “El discurso positivista de la medicina mental propone a la burguesía triunfante la moral con la que no ha dejado de soñar: una moral relativa a la seguridad pública modelada por la ciencia y ya no por la religión. Por disciplinas derivadas de la psiquiatría, la sexología y la criminología reciben, de hecho, la misión de explorar en su totalidad los aspectos más sombríos del alma humana”.
Los escritos médicos de la época, para describir la sexualidad considerada “anormal”, crean una lista impresionante de términos derivados del griego y del latín: zoofilia, coprofagia, pedofilia, a tergo, cunnilingus, etcétera. En 1886, el médico austríaco Richard von Krafft-Ebing llevó a cabo una síntesis sobre las diferentes prácticas sexuales en su obra Psychopathia sexualis.
El objetivo era establecer una separación clara entre una sexualidad denominada “normal”, al servicio de la procreación, de la felicidad de las mujeres en el matrimonio y la maternidad, y del hombre como pater familiae, y una sexualidad “anormal” que se asocia con la enfermedad, la muerte y la búsqueda del placer absoluto. Esta sexualidad anormal se podía encontrar en la mujer histérica que, al “simular” sus síntomas, evitaba la responsabilidad de la maternidad. Pero el verdadero paradigma de la perversión era la homosexualidad, así como la masturbación.
Para el discurso médico positivista, el homosexual era el mayor de los perversos, ahora desde el punto de vista biológico. Sin embargo, no era considerado un enfermo, ya que se burlaba de las leyes de la procreación. De allí que, para desenmascarar al homosexual, se lo tratara de convertir en un criminal, un perverso sexual alienado, un violador de niños.
Thomas W. Laqueur, en Sexo solitario. Una historia cultural de la masturbación, cuenta cómo la masturbación se transformó en una enfermedad. En la antigüedad, apenas si era mencionada como un problema. En 1712, en Inglaterra, el cirujano John Marten, un charlatán y estafador necesitado de dinero, publicó un folleto donde relataba los infinitos males que el onanismo traería a quien lo practicara. El texto tuvo un éxito inmediato. Su fama llegó a Francia, donde el médico Samuel A. D. Tissot publicó en 1760 El onanismo. Disertación sobre las enfermedades producidas por la masturbación.
La tradición del siglo XVIII, que mezclaba medicina con pedagogía moral, propagó la versión del vicio solitario. Jean-Jacques Rousseau la condenó en sus Confesiones, y en su obra pedagógica Emilio la considera una de las más grandes amenazas a la integridad moral del sujeto. Voltaire siguió su ejemplo. La nueva “enfermedad” se convirtió en un adjetivo para señalar exceso de imaginación, falta de seriedad y un alejamiento de la razón o de una conducta educada.
Como dice Laqueur, “tres cosas convierten el sexo solitario en antinatural. Primero, no era motivado por un real objeto de deseo sino por la fantasía; la masturbación amenazaba con imponerse a la más proteica y potencialmente creativa de las facultades de la mente, la imaginación, y llevarla a un precipicio. Segundo, mientras cualquier otro tipo de sexo era social, la masturbación era privada o, cuando no se la practicaba a solas, era social de mala manera: sirvientes perversos la enseñaban a los niños; perversos niños mayores la enseñaban a los más pequeños e inocentes; muchachas y varones en las escuelas la enseñaban fuera de la supervisión de los adultos. Y tercero, a diferencia de otros apetitos, la urgencia por masturbarse no podía ser saciada ni moderada. Practicada a solas, guiada sólo por las creaciones de la propia mente, era una transgresión primitiva, inevitable, seductora, incluso adictiva y fácil. De pronto, cada hombre, mujer o niño parecía tener acceso a los ilimitados excesos de la gratificación que pudo ser privilegio de los emperadores romanos.
El combate contra la masturbación fue uno de los principales esfuerzos en la guerra librada por asegurar la correcta y medida privacidad de la naciente burguesía. Esta perspectiva se afianzó en la cultura victoriana. Su mundo erotizado era incontrolable, ya que la vida privada debía mantener las apariencias que la burguesía capitalista, en su primera época, dictaba para la vida pública. Ambos mundos necesariamente tenían que coincidir. Para ello, basaba su dominio en una lógica por la cual los sujetos debían intentar la represión y autodisciplina en sus manifestaciones sexuales. Los códigos sociales de la cultura medían la vida privada de los sujetos a costa de mantener en secreto el deseo sexual cuyas consecuencias sintomáticas Freud pudo dar cuenta en la clínica y los desarrollos teóricos del psicoanálisis.
Contraculturas
Recién a mediados del siglo XX podemos encontrar el primer estudio sistemático sobre la sexualidad, realizado por Alfred Kinsey. Basado en una investigación en la que participaron más de 12 mil personas, sacó a la luz los hábitos sexuales de la población de Estados Unidos, en dos libros clásicos: Conducta sexual del hombre (1948) y Conducta sexual de la mujer (1953). En los años ’60, Willian Master y Virginia Johnson iniciaron sus estudios controlados de laboratorio, publicados en Respuesta sexual humana (1966).
En 1964, Robert Stoller utilizó por primera vez el concepto de género para estudiar el transexualismo y las perversiones sexuales desde la perspectiva del kleinismo y la psicología del self. Más tarde, esta noción se generalizó desde diferentes perspectivas para afirmar que el sexo es siempre una construcción cultural, sin relación directa con la diferencia biológica. De allí la idea de que cada sujeto podría cambiar de sexo según el género o el rol que se asigna a sí mismo. En los ’70, Shere Hite produjo el llamado “Informe Hite” sobre sexualidad femenina.
Estos trabajos de investigación formaban parte del clima de los 60 y 70, cuando una “contracultura” se opuso a la cultura dominante. Este movimiento, si bien incluía a una minoría de la población, expresaba las ideas, fantasías y deseos de la época, cuya significación produjo transformaciones en la subjetividad. Los movimientos gay se organizaron para luchar por sus reivindicaciones. Los grupos feministas llevaron a una revolución en cuanto al sometimiento de la mujer a una cultura patriarcal. La revolución sexual, impulsada por la píldora anticonceptiva, de venta autorizada a partir de 1960, permitía libertades, y la familia dejaba de ser el fin último de la pareja. Sin embargo, el feminismo de la igualdad equiparaba la sexualidad femenina con la masculina, ignorando cualquier diferencia en las mujeres. De esta manera la sexualidad seguía centrada en la genitalidad y en el mito del orgasmo vaginal como modelo de la salud sexual considerada como normal.
En los ’80 comienza un avance en las luchas feministas, al proponer la apropiación de la experiencia subjetiva de la mujer por fuera de la sexualidad heterosexual patriarcal. La sexualidad de la mujer comienza a considerarse distinta a la del hombre y el cuerpo femenino aparece erotizado en su totalidad. También los varones reivindican una sensualidad repartida en todo el cuerpo. Además aparecen reivindicaciones de identidad de género: hombre, mujer, transexual, transgénero, travesti, intersexual, queer, que rompen el modelo binario masculino-femenino.
La heterosexualidad como modelo hegemónico a partir del cual la psiquiatría transformó el pecado en enfermedad ha perdido parte de su lógica en la cultura del capitalismo mundializado. Esta se sostiene en la ruptura del lazo social; el individualismo negativo ha transformado el deseo sexual, que debe ser vendido según las leyes del mercado capitalista.
El mandato de la actualidad de nuestra cultura, a través de superyó, no convoca a gozar, como nos quieren hacer creer. Por el contrario convoca a protegernos de la amenaza de desamparo que la misma cultura produce. Doble juego que lleva a un camino sin límite. La agresión no es interiorizada como “conciencia moral”, ya que todo está permitido en la búsqueda de la utopía de la felicidad privada. La agresión se libera contra el yo y contra el otro, pues la ética que sostiene nuestro ser es reemplazada por el tener y ofrecerse como un fetiche mercancía, que adquiere la ilusión de protegernos de los infortunios de la vida. Es decir, de nuestra finitud.
Si, en la época victoriana, la vida privada debía coincidir con lo que la cultura hegemónica dictaba para la vida pública, en la actualidad ocurre lo contrario. La vida privada se ha privatizado, en el orden del mercado. Es importante en la medida que pueda ofrecerse como una mercancía. Es en el espacio público donde tenemos que encontrar los valores de nuestra intimidad, medidos según las leyes de la economía de mercado. De esta manera, las relaciones humanas se miden como una mercancía y sus actividades se enuncian como un buen o mal negocio. Allí todo vale. Lo paradójico es que en este shopping en que se ha convertido la sociedad nadie vende nada. En este reality show, el éxito es efímero. Los negocios donde se ofrecen afectos, emociones, ideas conocimientos, amistad y sueños no funcionan. Algunos cierran y se abren otros, con nuevas vidrieras que se convierten en espejismos para negar una realidad donde predominan el desamparo y la soledad.
Estamos en una época donde la sexualidad ha salido de los placares. De un secreto, pasó a ser preciado objeto de consumo: una sexualidad evanescente, fácil de ser intercambiada en el mercado de las relaciones sociales. Allí podemos encontrar las diferentes manifestaciones de la sexualidad, con nombres actuales y atractivos: gran-bang, petes, swingers, etcétera. Pero sus efectos en la subjetividad cuestionan la centralidad de los paradigmas iniciales en los que se construyó el psicoanálisis. Hoy, todas las características de la heterosexualidad patriarcal han sido puestas en crisis. La pareja heterosexual no es la condición para la reproducción, ya que la reproducción se ha separado de la sexualidad a través de la fecundación asistida. Las mujeres no necesitan a los hombres para la crianza de los hijos, a partir de su incorporación al mercado capitalista. Esto ha llevado al aumento de parejas sin hijos, el incremento de hogares monoparentales, la aceptación de mujeres que llevan adelante solas la maternidad, el aumento de parejas homosexuales con o sin hijos, el sexo virtual que elude el cuerpo del otro. Este proceso, que ha afianzado mayores libertades individuales al romper prejuicios y tabúes de otras épocas, ha traído nuevos problemas. Uno de ellos es que la sexualidad que propone la cultura se ha disociado de los afectos. Esta sexualidad evanescente ha dejado a la mujer y al hombre solos frente al otro, ya que podemos tener encuentros sexuales pero no intersubjetivos. Su resultado es dejarnos cada vez más solos e insatisfechos, al quedar atrapados por relaciones desubjetivadas donde se han perdido los parámetros del erotismo. La sexualidad, al no tener la fuerza para la transgresión del erotismo al servicio de la vida, queda domeñada por la perversión, efecto de la muerte como pulsión. Es decir, una sexualidad que se expresa como renegación del corte y de la muerte; que se le impone al sujeto como actos repetitivos. Una sexualidad sostenida en el sometimiento y la destrucción del otro. En definitiva, una sexualidad que produce un proceso de desestructuración subjetiva. Parafraseando a Freud, podemos decir que la perversión es el negativo del erotismo.
Tener en cuenta una sexualidad plural nos lleva a revisar algunas cuestiones: 1) la pérdida de centralidad de la diferencia sexual como determinante exclusivo de la identidad subjetiva del sujeto; 2) la resolución del Complejo de Edipo como organizador de la normalización de la cultura debe ceder a una resolución dinámica propia de la “anormalidad” que nos hace humanos. Su protagonismo tiene que dar cuenta de procesos más tempranos ligados a ese vacío que nos constituye en tanto seres finitos; 3) la actualidad del campo de lo sexual se ha abierto a formas que no pueden seguir siendo calificadas de patológicas. De allí la necesidad de diferenciar claramente el erotismo de la perversión. No es la relación con una norma lo que determina lo propio de las perversiones, sino una sexualidad al servicio de la muerte como pulsión. Su contrario son las variaciones de la sexualidad humana al servicio del Eros, de la vida. Transcribo un fragmento de El mal de la muerte, de Marguerite Duras:
Hasta esa noche usted no había entendido cómo se podía ignorar lo que ven los ojos, lo que tocan las manos, lo que toca el cuerpo. Descubre esa ignorancia.
Usted dice: No veo nada.
Ella responde. Duerme.
Usted la despierta. Le pregunta si es una prostituta. Con una señal de que no.
Le pregunto por qué ha aceptado el contrato de las noches pagas.
Ella responde con una voz aún adormecida, casi inaudible: Porque en cuanto me habló vi que le invadía el mal de la muerte. Durante los primeros días no supe nombrar ese mal. Luego, más tarde pude hacerlo.
Le pide que repita otra vez esas palabras: el mal de la muerte.
Le pregunta cómo lo sabe. Dice que se sabe sin saber cómo se sabe.
Usted le pregunta: ¿En qué el mal de la muerte es mortal?
Ella responde: En que el que lo padece no sabe que es portador de ella, de la muerte. También en que estaría muerto sin vida previa al que morir, sin conocimiento alguno de morir a vida alguna.
* Texto extractado de un artículo que aparecerá en el próximo número de la revista Topía.
El autor examina la inscripción cultural de la sexualidad, desde la época victoriana, pasando por la “revolución sexual” y hasta nuestros días.
Por Enrique Carpintero *
Es sorprendente que en la actualidad se hable sobre “nuevas sexualidades”, que algunos denominan “neosexualidades”: sólo tenemos que recorrer la literatura erótica de diferentes épocas para ver que lo nuevo es algo viejo, que siempre estuvo presente en nuestra condición humana. Claro, la sexualidad se mantenía como un secreto bien guardado, circulando por las profundidades de una subjetividad que debía disimularlo. Evidentemente esta situación ha cambiado.
La sexualidad de la época victoriana, desde la cual Freud construyó el psicoanálisis, se sostenía en inhibiciones y represiones que eran la base de una serie de síntomas especialmente agudos en la época. La sociedad burguesa del siglo XIX definió nuevas reglas de juego para los placeres, que no estaban ya en manos de la religión, sino de la ciencia médica, en la cual se apoyaban los Estados modernos que consideraban un deber gobernar las prácticas sexuales para establecer que era “normal” y “patológico”. Como dice Elizabeth Roudinesco: “El discurso positivista de la medicina mental propone a la burguesía triunfante la moral con la que no ha dejado de soñar: una moral relativa a la seguridad pública modelada por la ciencia y ya no por la religión. Por disciplinas derivadas de la psiquiatría, la sexología y la criminología reciben, de hecho, la misión de explorar en su totalidad los aspectos más sombríos del alma humana”.
Los escritos médicos de la época, para describir la sexualidad considerada “anormal”, crean una lista impresionante de términos derivados del griego y del latín: zoofilia, coprofagia, pedofilia, a tergo, cunnilingus, etcétera. En 1886, el médico austríaco Richard von Krafft-Ebing llevó a cabo una síntesis sobre las diferentes prácticas sexuales en su obra Psychopathia sexualis.
El objetivo era establecer una separación clara entre una sexualidad denominada “normal”, al servicio de la procreación, de la felicidad de las mujeres en el matrimonio y la maternidad, y del hombre como pater familiae, y una sexualidad “anormal” que se asocia con la enfermedad, la muerte y la búsqueda del placer absoluto. Esta sexualidad anormal se podía encontrar en la mujer histérica que, al “simular” sus síntomas, evitaba la responsabilidad de la maternidad. Pero el verdadero paradigma de la perversión era la homosexualidad, así como la masturbación.
Para el discurso médico positivista, el homosexual era el mayor de los perversos, ahora desde el punto de vista biológico. Sin embargo, no era considerado un enfermo, ya que se burlaba de las leyes de la procreación. De allí que, para desenmascarar al homosexual, se lo tratara de convertir en un criminal, un perverso sexual alienado, un violador de niños.
Thomas W. Laqueur, en Sexo solitario. Una historia cultural de la masturbación, cuenta cómo la masturbación se transformó en una enfermedad. En la antigüedad, apenas si era mencionada como un problema. En 1712, en Inglaterra, el cirujano John Marten, un charlatán y estafador necesitado de dinero, publicó un folleto donde relataba los infinitos males que el onanismo traería a quien lo practicara. El texto tuvo un éxito inmediato. Su fama llegó a Francia, donde el médico Samuel A. D. Tissot publicó en 1760 El onanismo. Disertación sobre las enfermedades producidas por la masturbación.
La tradición del siglo XVIII, que mezclaba medicina con pedagogía moral, propagó la versión del vicio solitario. Jean-Jacques Rousseau la condenó en sus Confesiones, y en su obra pedagógica Emilio la considera una de las más grandes amenazas a la integridad moral del sujeto. Voltaire siguió su ejemplo. La nueva “enfermedad” se convirtió en un adjetivo para señalar exceso de imaginación, falta de seriedad y un alejamiento de la razón o de una conducta educada.
Como dice Laqueur, “tres cosas convierten el sexo solitario en antinatural. Primero, no era motivado por un real objeto de deseo sino por la fantasía; la masturbación amenazaba con imponerse a la más proteica y potencialmente creativa de las facultades de la mente, la imaginación, y llevarla a un precipicio. Segundo, mientras cualquier otro tipo de sexo era social, la masturbación era privada o, cuando no se la practicaba a solas, era social de mala manera: sirvientes perversos la enseñaban a los niños; perversos niños mayores la enseñaban a los más pequeños e inocentes; muchachas y varones en las escuelas la enseñaban fuera de la supervisión de los adultos. Y tercero, a diferencia de otros apetitos, la urgencia por masturbarse no podía ser saciada ni moderada. Practicada a solas, guiada sólo por las creaciones de la propia mente, era una transgresión primitiva, inevitable, seductora, incluso adictiva y fácil. De pronto, cada hombre, mujer o niño parecía tener acceso a los ilimitados excesos de la gratificación que pudo ser privilegio de los emperadores romanos.
El combate contra la masturbación fue uno de los principales esfuerzos en la guerra librada por asegurar la correcta y medida privacidad de la naciente burguesía. Esta perspectiva se afianzó en la cultura victoriana. Su mundo erotizado era incontrolable, ya que la vida privada debía mantener las apariencias que la burguesía capitalista, en su primera época, dictaba para la vida pública. Ambos mundos necesariamente tenían que coincidir. Para ello, basaba su dominio en una lógica por la cual los sujetos debían intentar la represión y autodisciplina en sus manifestaciones sexuales. Los códigos sociales de la cultura medían la vida privada de los sujetos a costa de mantener en secreto el deseo sexual cuyas consecuencias sintomáticas Freud pudo dar cuenta en la clínica y los desarrollos teóricos del psicoanálisis.
Contraculturas
Recién a mediados del siglo XX podemos encontrar el primer estudio sistemático sobre la sexualidad, realizado por Alfred Kinsey. Basado en una investigación en la que participaron más de 12 mil personas, sacó a la luz los hábitos sexuales de la población de Estados Unidos, en dos libros clásicos: Conducta sexual del hombre (1948) y Conducta sexual de la mujer (1953). En los años ’60, Willian Master y Virginia Johnson iniciaron sus estudios controlados de laboratorio, publicados en Respuesta sexual humana (1966).
En 1964, Robert Stoller utilizó por primera vez el concepto de género para estudiar el transexualismo y las perversiones sexuales desde la perspectiva del kleinismo y la psicología del self. Más tarde, esta noción se generalizó desde diferentes perspectivas para afirmar que el sexo es siempre una construcción cultural, sin relación directa con la diferencia biológica. De allí la idea de que cada sujeto podría cambiar de sexo según el género o el rol que se asigna a sí mismo. En los ’70, Shere Hite produjo el llamado “Informe Hite” sobre sexualidad femenina.
Estos trabajos de investigación formaban parte del clima de los 60 y 70, cuando una “contracultura” se opuso a la cultura dominante. Este movimiento, si bien incluía a una minoría de la población, expresaba las ideas, fantasías y deseos de la época, cuya significación produjo transformaciones en la subjetividad. Los movimientos gay se organizaron para luchar por sus reivindicaciones. Los grupos feministas llevaron a una revolución en cuanto al sometimiento de la mujer a una cultura patriarcal. La revolución sexual, impulsada por la píldora anticonceptiva, de venta autorizada a partir de 1960, permitía libertades, y la familia dejaba de ser el fin último de la pareja. Sin embargo, el feminismo de la igualdad equiparaba la sexualidad femenina con la masculina, ignorando cualquier diferencia en las mujeres. De esta manera la sexualidad seguía centrada en la genitalidad y en el mito del orgasmo vaginal como modelo de la salud sexual considerada como normal.
En los ’80 comienza un avance en las luchas feministas, al proponer la apropiación de la experiencia subjetiva de la mujer por fuera de la sexualidad heterosexual patriarcal. La sexualidad de la mujer comienza a considerarse distinta a la del hombre y el cuerpo femenino aparece erotizado en su totalidad. También los varones reivindican una sensualidad repartida en todo el cuerpo. Además aparecen reivindicaciones de identidad de género: hombre, mujer, transexual, transgénero, travesti, intersexual, queer, que rompen el modelo binario masculino-femenino.
La heterosexualidad como modelo hegemónico a partir del cual la psiquiatría transformó el pecado en enfermedad ha perdido parte de su lógica en la cultura del capitalismo mundializado. Esta se sostiene en la ruptura del lazo social; el individualismo negativo ha transformado el deseo sexual, que debe ser vendido según las leyes del mercado capitalista.
El mandato de la actualidad de nuestra cultura, a través de superyó, no convoca a gozar, como nos quieren hacer creer. Por el contrario convoca a protegernos de la amenaza de desamparo que la misma cultura produce. Doble juego que lleva a un camino sin límite. La agresión no es interiorizada como “conciencia moral”, ya que todo está permitido en la búsqueda de la utopía de la felicidad privada. La agresión se libera contra el yo y contra el otro, pues la ética que sostiene nuestro ser es reemplazada por el tener y ofrecerse como un fetiche mercancía, que adquiere la ilusión de protegernos de los infortunios de la vida. Es decir, de nuestra finitud.
Si, en la época victoriana, la vida privada debía coincidir con lo que la cultura hegemónica dictaba para la vida pública, en la actualidad ocurre lo contrario. La vida privada se ha privatizado, en el orden del mercado. Es importante en la medida que pueda ofrecerse como una mercancía. Es en el espacio público donde tenemos que encontrar los valores de nuestra intimidad, medidos según las leyes de la economía de mercado. De esta manera, las relaciones humanas se miden como una mercancía y sus actividades se enuncian como un buen o mal negocio. Allí todo vale. Lo paradójico es que en este shopping en que se ha convertido la sociedad nadie vende nada. En este reality show, el éxito es efímero. Los negocios donde se ofrecen afectos, emociones, ideas conocimientos, amistad y sueños no funcionan. Algunos cierran y se abren otros, con nuevas vidrieras que se convierten en espejismos para negar una realidad donde predominan el desamparo y la soledad.
Estamos en una época donde la sexualidad ha salido de los placares. De un secreto, pasó a ser preciado objeto de consumo: una sexualidad evanescente, fácil de ser intercambiada en el mercado de las relaciones sociales. Allí podemos encontrar las diferentes manifestaciones de la sexualidad, con nombres actuales y atractivos: gran-bang, petes, swingers, etcétera. Pero sus efectos en la subjetividad cuestionan la centralidad de los paradigmas iniciales en los que se construyó el psicoanálisis. Hoy, todas las características de la heterosexualidad patriarcal han sido puestas en crisis. La pareja heterosexual no es la condición para la reproducción, ya que la reproducción se ha separado de la sexualidad a través de la fecundación asistida. Las mujeres no necesitan a los hombres para la crianza de los hijos, a partir de su incorporación al mercado capitalista. Esto ha llevado al aumento de parejas sin hijos, el incremento de hogares monoparentales, la aceptación de mujeres que llevan adelante solas la maternidad, el aumento de parejas homosexuales con o sin hijos, el sexo virtual que elude el cuerpo del otro. Este proceso, que ha afianzado mayores libertades individuales al romper prejuicios y tabúes de otras épocas, ha traído nuevos problemas. Uno de ellos es que la sexualidad que propone la cultura se ha disociado de los afectos. Esta sexualidad evanescente ha dejado a la mujer y al hombre solos frente al otro, ya que podemos tener encuentros sexuales pero no intersubjetivos. Su resultado es dejarnos cada vez más solos e insatisfechos, al quedar atrapados por relaciones desubjetivadas donde se han perdido los parámetros del erotismo. La sexualidad, al no tener la fuerza para la transgresión del erotismo al servicio de la vida, queda domeñada por la perversión, efecto de la muerte como pulsión. Es decir, una sexualidad que se expresa como renegación del corte y de la muerte; que se le impone al sujeto como actos repetitivos. Una sexualidad sostenida en el sometimiento y la destrucción del otro. En definitiva, una sexualidad que produce un proceso de desestructuración subjetiva. Parafraseando a Freud, podemos decir que la perversión es el negativo del erotismo.
Tener en cuenta una sexualidad plural nos lleva a revisar algunas cuestiones: 1) la pérdida de centralidad de la diferencia sexual como determinante exclusivo de la identidad subjetiva del sujeto; 2) la resolución del Complejo de Edipo como organizador de la normalización de la cultura debe ceder a una resolución dinámica propia de la “anormalidad” que nos hace humanos. Su protagonismo tiene que dar cuenta de procesos más tempranos ligados a ese vacío que nos constituye en tanto seres finitos; 3) la actualidad del campo de lo sexual se ha abierto a formas que no pueden seguir siendo calificadas de patológicas. De allí la necesidad de diferenciar claramente el erotismo de la perversión. No es la relación con una norma lo que determina lo propio de las perversiones, sino una sexualidad al servicio de la muerte como pulsión. Su contrario son las variaciones de la sexualidad humana al servicio del Eros, de la vida. Transcribo un fragmento de El mal de la muerte, de Marguerite Duras:
Hasta esa noche usted no había entendido cómo se podía ignorar lo que ven los ojos, lo que tocan las manos, lo que toca el cuerpo. Descubre esa ignorancia.
Usted dice: No veo nada.
Ella responde. Duerme.
Usted la despierta. Le pregunta si es una prostituta. Con una señal de que no.
Le pregunto por qué ha aceptado el contrato de las noches pagas.
Ella responde con una voz aún adormecida, casi inaudible: Porque en cuanto me habló vi que le invadía el mal de la muerte. Durante los primeros días no supe nombrar ese mal. Luego, más tarde pude hacerlo.
Le pide que repita otra vez esas palabras: el mal de la muerte.
Le pregunta cómo lo sabe. Dice que se sabe sin saber cómo se sabe.
Usted le pregunta: ¿En qué el mal de la muerte es mortal?
Ella responde: En que el que lo padece no sabe que es portador de ella, de la muerte. También en que estaría muerto sin vida previa al que morir, sin conocimiento alguno de morir a vida alguna.
* Texto extractado de un artículo que aparecerá en el próximo número de la revista Topía.
La educación sexual y los elefantes
La educación sexual y los elefantes
El arzobispo Héctor Aguer consideró “farragoso”, “ateo” y de “inspiración neomarxista” un manual oficial para formadores escolares en sexualidad. Aquí le responden la dirigente docente Stella Maldonado y el profesor Sergio Wischñevsky.
¿Educar para el amor?
Por Sergio Wischñevsky *
“Conocemos cómo Francisco de Sales, en Introducción a la vida devota, exhortaba a la virtud conyugal; a los casados les proporcionaba un espejo natural cuando les proponía el modelo del elefante y de las buenas costumbres de las que daba prueba con su esposa (sic). Nunca cambia de hembra y ama tiernamente a la que escoge, con la que con todo, sólo se aparea cada tres años y esto únicamente durante cinco días (...) Antes que nada, se dirige al río en el que se lava todo el cuerpo, sin querer de ninguna manera volver a la manada hasta no estar purificado.” El autor de estas instructivas líneas escritas allá por 1600 adquiere vigencia porque su bella fábula es usada como modelo a seguir frente a las peligrosas propuestas “neomarxistas” que se implementan desde el Estado.
El arzobispo de La Plata y presidente de la Comisión de Educación Católica del Episcopado, Héctor Aguer, representa la máxima autoridad de la Iglesia en lo que a educación se refiere. Por lo tanto, su ataque al manual Material de formación de formadores en educación sexual y prevención del VIH/Sida, que procede de los ministerios de Educación y de Salud, y que se basa en programas de lucha contra el sida de las Naciones Unidas y de otros organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud (OMS), constituye la postura oficial de la Iglesia frente a la ley de educación sexual integral.
Lo inusual de las críticas no radica en su virulencia, sino en el marcado tono ideológico elegido. Los graves problemas que se derivan de la falta de educación sexual en los jóvenes, sobre todo en mujeres, van desde la proliferación de embarazos no deseados hasta una amplia gama de enfermedades, de la cual el sida sólo es la más peligrosa pero de ninguna manera la única, y situaciones de abuso por parte de los adultos. Por ello, vale la pena detenerse a analizar qué tipo de intelectual es Héctor Aguer y qué entiende por educación sexual.
“En la historia de la cultura occidental ocurrió un episodio curioso: cuando ambas luces, la de la razón y la de la fe entraban en eclipse, el movimiento filosófico que provocaba la tiniebla recibió el nombre de Ilustración; se lo llamó también Iluminismo y a ese siglo –el XVIII–, Siglo de las Luces. Esta ironía siniestra recubrió de afeites prestigiosos y reivindicatorios la negación de la revelación divina y del vuelo metafísico de la inteligencia; la religión quedó encerrada en los límites de la mera razón y ésta reducida a explorar el campo de los fenómenos.”
No deja de ser curioso que el llamado Iluminismo se llamó así para contrastarlo con lo que ellos denominaban “la oscura Edad Media”. En un documento elaborado como respuesta y a la vez propuesta de trabajo en las aulas, se explicita lo que parece ser el meollo filosófico con el que se discrepa: “la sexología” no tiene en cuenta que existe una naturaleza humana. Por ello, hay un deber ser al que ajustarse y todo aquello que se desvíe de este camino constituye la puerta de entrada a los problemas que se pretende combatir. Por ello es que más que hablar de educación sexual se debería hablar de “Educación para el amor”. A partir de esta premisa aparecen los grandes ausentes según Aguer: el amor, el matrimonio, la entrega, la familia, la maternidad y la paternidad.
Por esta razón opinan que los chicos no necesitan información, sino formación en valores: “la educación sexual fundamentalmente trata de proporcionar información biológica sobre el funcionamiento de los aparatos sexuales masculino y femenino; información sobre cómo se realiza el coito sexual, la contracepción, el aborto, ‘el sexo seguro’, las enfermedades de transmisión sexual, y presentar como normales toda una serie de prácticas aberrantes bajo el argumento de que son mitos, prejuicios o ignorancia lo que se ha tachado de cosas malas y que impiden el ejercicio pleno de su sexualidad a las personas, como la masturbación, el sexo fuera del matrimonio, la homosexualidad y las parafilias”.
El concepto de sexualidad llega a aceptarse a partir del siglo XIX como resultado de la observación minuciosa de que las prácticas sexuales eran mucho más variadas y amplias de lo que la propuesta religiosa ortodoxa prescribe o que el elefante fiel nos enseña.
Aun así, el argumento de que se debe respetar la libertad de conciencia es más que aceptable. Sin embargo, cuando de lo que se trata es de la salud de cientos de miles de niños y jóvenes, resulta un retroceso inaceptable hacer prevalecer el discurso religioso por sobre el científico y, en este caso, el que la inmensa mayoría de los profesionales de la salud recomiendan.
Educación para el amor, en todo caso, es justamente cuidar a nuestros chicos, acercarnos a sus problemas reales y acompañarlos. Esgrimir la castidad o las relaciones prescriptas según códigos desde un deber ser tiene como contrapartida la constatación de que no se da respuesta y se expone a peligros reales a todos aquellos que no ven luz en las concepciones medievales y no se acogen a los viejos mandamientos.
* Profesor de historia.
El arzobispo Héctor Aguer consideró “farragoso”, “ateo” y de “inspiración neomarxista” un manual oficial para formadores escolares en sexualidad. Aquí le responden la dirigente docente Stella Maldonado y el profesor Sergio Wischñevsky.
¿Educar para el amor?
Por Sergio Wischñevsky *
“Conocemos cómo Francisco de Sales, en Introducción a la vida devota, exhortaba a la virtud conyugal; a los casados les proporcionaba un espejo natural cuando les proponía el modelo del elefante y de las buenas costumbres de las que daba prueba con su esposa (sic). Nunca cambia de hembra y ama tiernamente a la que escoge, con la que con todo, sólo se aparea cada tres años y esto únicamente durante cinco días (...) Antes que nada, se dirige al río en el que se lava todo el cuerpo, sin querer de ninguna manera volver a la manada hasta no estar purificado.” El autor de estas instructivas líneas escritas allá por 1600 adquiere vigencia porque su bella fábula es usada como modelo a seguir frente a las peligrosas propuestas “neomarxistas” que se implementan desde el Estado.
El arzobispo de La Plata y presidente de la Comisión de Educación Católica del Episcopado, Héctor Aguer, representa la máxima autoridad de la Iglesia en lo que a educación se refiere. Por lo tanto, su ataque al manual Material de formación de formadores en educación sexual y prevención del VIH/Sida, que procede de los ministerios de Educación y de Salud, y que se basa en programas de lucha contra el sida de las Naciones Unidas y de otros organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud (OMS), constituye la postura oficial de la Iglesia frente a la ley de educación sexual integral.
Lo inusual de las críticas no radica en su virulencia, sino en el marcado tono ideológico elegido. Los graves problemas que se derivan de la falta de educación sexual en los jóvenes, sobre todo en mujeres, van desde la proliferación de embarazos no deseados hasta una amplia gama de enfermedades, de la cual el sida sólo es la más peligrosa pero de ninguna manera la única, y situaciones de abuso por parte de los adultos. Por ello, vale la pena detenerse a analizar qué tipo de intelectual es Héctor Aguer y qué entiende por educación sexual.
“En la historia de la cultura occidental ocurrió un episodio curioso: cuando ambas luces, la de la razón y la de la fe entraban en eclipse, el movimiento filosófico que provocaba la tiniebla recibió el nombre de Ilustración; se lo llamó también Iluminismo y a ese siglo –el XVIII–, Siglo de las Luces. Esta ironía siniestra recubrió de afeites prestigiosos y reivindicatorios la negación de la revelación divina y del vuelo metafísico de la inteligencia; la religión quedó encerrada en los límites de la mera razón y ésta reducida a explorar el campo de los fenómenos.”
No deja de ser curioso que el llamado Iluminismo se llamó así para contrastarlo con lo que ellos denominaban “la oscura Edad Media”. En un documento elaborado como respuesta y a la vez propuesta de trabajo en las aulas, se explicita lo que parece ser el meollo filosófico con el que se discrepa: “la sexología” no tiene en cuenta que existe una naturaleza humana. Por ello, hay un deber ser al que ajustarse y todo aquello que se desvíe de este camino constituye la puerta de entrada a los problemas que se pretende combatir. Por ello es que más que hablar de educación sexual se debería hablar de “Educación para el amor”. A partir de esta premisa aparecen los grandes ausentes según Aguer: el amor, el matrimonio, la entrega, la familia, la maternidad y la paternidad.
Por esta razón opinan que los chicos no necesitan información, sino formación en valores: “la educación sexual fundamentalmente trata de proporcionar información biológica sobre el funcionamiento de los aparatos sexuales masculino y femenino; información sobre cómo se realiza el coito sexual, la contracepción, el aborto, ‘el sexo seguro’, las enfermedades de transmisión sexual, y presentar como normales toda una serie de prácticas aberrantes bajo el argumento de que son mitos, prejuicios o ignorancia lo que se ha tachado de cosas malas y que impiden el ejercicio pleno de su sexualidad a las personas, como la masturbación, el sexo fuera del matrimonio, la homosexualidad y las parafilias”.
El concepto de sexualidad llega a aceptarse a partir del siglo XIX como resultado de la observación minuciosa de que las prácticas sexuales eran mucho más variadas y amplias de lo que la propuesta religiosa ortodoxa prescribe o que el elefante fiel nos enseña.
Aun así, el argumento de que se debe respetar la libertad de conciencia es más que aceptable. Sin embargo, cuando de lo que se trata es de la salud de cientos de miles de niños y jóvenes, resulta un retroceso inaceptable hacer prevalecer el discurso religioso por sobre el científico y, en este caso, el que la inmensa mayoría de los profesionales de la salud recomiendan.
Educación para el amor, en todo caso, es justamente cuidar a nuestros chicos, acercarnos a sus problemas reales y acompañarlos. Esgrimir la castidad o las relaciones prescriptas según códigos desde un deber ser tiene como contrapartida la constatación de que no se da respuesta y se expone a peligros reales a todos aquellos que no ven luz en las concepciones medievales y no se acogen a los viejos mandamientos.
* Profesor de historia.
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